miércoles, 18 de julio de 2018

Para mejor.

Esas últimas noches sólo podía concebir pesadillas. Esta vez veía como alguien se subía a mi cama, me tapaba la boca con una mano, poniendo todo su peso sobre mí y con violencia desmesurada metía la otra por mi ombligo, la piel no lo frenaba la desgarraba, el dolor me despertó. Me toqué el abdomen, todo estaba en su lugar, me toqué allá abajo, había sangre.
Alarmada y sin hacer ruido alguno comencé a moverme.

Había despertado a tiempo, la sangre sólo había manchado la sábana base. La cambiaría ahora y lavaría por la mañana, sólo sería un accidente normal. Mi pieza tiene piso de madera, por lo que cruje cada vez que daba un paso, siempre está medio húmeda así que siempre estoy resfriada, sabía dónde pisar para hacer el menor ruido posible. Cuando me dispuse a sacarla noté lo empapada que yo misma estaba, la adrenalina por la pesadilla estaba bajando; me zumbaban los oídos, el estomago me dolía horrores, todo comenzaba a dar vueltas y mis piernas se mojaban tibiamente mientras temblaba << Yo no debería sangrar>>, fui al baño en silencio lo más rápido que pude con el dolor a cuestas.

Yo no lo quería, no me gustaba. Pero estaba tan sola. Además, nadie le decía a alguien como yo que era “linda” o “divertida”. En casa no era diferente. Vivo en un popular block en una comuna periférica, somos más gritos que conversación, más golpes que cariño y más humillación que aceptación; esto era absolutamente normal para mis padres que habían crecido, quién sabe, tal vez peor que yo.

Un día le dije a mi papá que no lo soportaba, el no desvió la vista del televisor y dijo “ándate entonces. El vecino de arriba vende drogas y el de abajo armas hechizas, deberías agradecer como es aquí”, gruñía y golpeaba con el puño cerrado la mesa, el sofá, la pared, a mi madre, a mí o lo que estuviese en su camino. Sólo podía pensar en <<Es decir que ¿Tengo que agradecer los malos tratos porque los hijos de los vecinos la tienen peor?>> Lo más suave que podían decirme era “deja de comer, “no te da vergüenza estar así”, “sácate el pelo de la cara”, “hoy no irás al colegio porque tiene que cuidar a tu hermano” Mi gordura y mi falta de posibilidades de salir de este lugar son tema para mí.

¿Ser gorda es tema para mí? Sí. No sabes cuánto.
Entonces, conocí a alguien que me defendió ante las burlas de otros, no era un príncipe azul ni mucho menos, pero me defendía. Decía que era bonita. Se me hizo costumbre estar con él, con sus amigos, y él acostumbró a estar con los míos. Cuando no quería llegar a casa, estaba en la de él.

En él encontré un amigo, un confidente, la primera persona que para mí valió como apoyo, una forma de bordear mi vida. De saltar el hecho de que me dolían las piernas porque mi mamá me pegaba ahí dónde no se veía, de bordear el hecho que podía pasar días sin comer intentando disminuir una talla; claramente sin resultados, de esquivar la vergüenza que me daba comer ante otros y de ignorar el hecho de que no sabía cuál era mi lugar.

Cuando digo lugar, no me refiero a mi posición dictada por el nivel socioeconómico, sino por el lugar que en mi conciencia debería tener, cómo amiga, como hija, como estudiante, como ser humano. 
¿Cómo pasaría los días?

Esta pregunta me había llevado a conocer gente que tenía un lindo proyecto, así que me sumé. Personas que me simpatizaban, pero en las que no confié lo suficiente y por eso estoy aquí.

Era uno de esos días dónde no quería volver a la casa. Sabía que sería un desastre porque un tío se estaba quedando ahí, uno que no veía hace mucho tiempo y que en mi niñez gozaba de tocarme las piernas bajo las largas faldas floreadas que me ponía mi madre. En ese tiempo no lo comprendía, pero ahora sí y no quería verlo, ni ese día y los que se quedara en esa casa.

Fui a la casa de él, con unos amigos y pasamos la tarde comiendo papas fritas, viendo televisión. Nos burlábamos de los programas hechos para jóvenes de nuestra edad, pauteados seguramente por un adulto sin hijo para comprender. Programas dónde se les pagaba a otros adolescentes para que filtraran sus problemas con sus padres o sus amigos. A veces, pensar en que los problemas de los otros fueran tan ridículos como esos me producían una sensación de injusticia.

Se hizo tarde y todo se fueron menos yo. Quedamos solos, el ambiente estaba extraño. Seguimos viendo televisión, pensaba que deberíamos ir a comprar algo para tomar once, ya que sus padres no llegaban, pero el decía que no era necesario. Mientras, acariciaba mi pelo, mi cuello, los hombros; me decía que era bonita, que mi nariz era linda. Sentía que sabía a dónde iba esto, pero no hice nada, sólo miraba las verdes cortinas que colgaban sobre otras de encaje blanco.

Cuando me besó, no sabía si sentirme afortunada o no. Me dio un poco de asco así que lo aleje con las manos. “¿Qué pasa? ¿No te gusto?” Le dije que no de esa manera, que no quería algo así, que arruinaría la amistad “No seas tonta, nadie te va a querer así. Sólo yo, porque sólo a mí me gustan gorditas, además me lo debes” Quedé en silencio mientras me besaba, tenía razón, supuse. Nadie me iba a querer así cómo era, nadie se fijaría en mí; también había huido tanto tiempo en su casa que sentía que se lo debía.

“Te haré sentir muy bien”, “lo vas a disfrutar” Nada de eso ocurrió. Sus manos llenas de grasa de papas fritas recorriendo mis pechos aún me dan escalofríos. Su Gran cuerpo haciendo presión contra el mío, buscando la manera de entrar, su nariz en mis calzones. Parecía una vieja película que iba saltándose por lo maltratada que estaba.

No hice nada, porque no podía pensar en nada, ni siquiera en mí como una persona que podía hablar. 
¿A dónde iría?

Cuando eyaculó dentro de mí, recuperé la conciencia como cuando se te acaba el aire bajo el agua, le dije si no había usado condón, o algo y nada. Sólo sentía las voces de mis padres amenazándome con embarazarme como las perras, que si lo hacía una vez todos mis compañeros me verían como un objeto con el cuál acostarse; pero eso sucedió antes siquiera de encamarme con alguien.

Había un programa que hacía seguimiento a los embarazos adolescentes, cada vez que pasaban un comercial de aquello me llegaba una amenaza, de mis padres o mis abuelos, desde cualquier rincón de la casa “no se te vaya a ocurrir salir con un domingo siete”, “Te sabes la golpiza que te daría si me sales con eso” “ahí agarras tus cosas y te vas”.

Los días siguiente siguieron normales, no me alejé de él ni él de mí. No le dije a nadie, seguramente él sí, porque los rumores seguían aumentando, pero tenía tanto miedo que no los podía oír.

La mirada lasciva de mi tío en casa tampoco me dejaba tranquila, sentía que lo sabía. No tenía ningún lugar en el cual respirar. Agradecía que le dieran la pieza de mi hermano chico y yo tuviera que dormir con él, era como un pequeño escudo de ocho años.

No iba al baño ni me bañaba cuando él estaba en casa, tenía miedo de que ocurriese otra vez.
Cuando ya habían pasado suficientes días para tapar lo ocurrido con otras preocupaciones en mi mente, mi periodo no vino y el miedo inició otra vez, pero era un tipo diferente de miedo. Ahora no temía por un tiempo dónde la pasaría mal y luego seguiría; ahora temía por todo mi futuro. ¿Qué iba a hacer?

La resignación fue lo único que encontré.

Me encontré a mi misma viendo ese programa de seguimiento, haciéndome ideas de como sobrellevar esta situación, sin estudios, sin dinero, sin techo.
Lo perdí.

Recuerdo que le dije a los chicos del proyecto que estaba embarazada, allí había dos parejas ya consolidadas de los años que tenían juntos, ellos me felicitaron y me preguntaron por el “papá”, no les pude decir la verdad. Les dije que era mi pareja, y que apoyaba en todo, aunque tuviéramos apenas quince años y él dieciséis. Recuerdo cómo me miraban con ternura y comenzaron a decir lo difícil pero hermoso que sería todo, me que ayudarían en lo más posible. Que el olor de bebé era exquisito, que sería genial porque nuestra diferencia en edad no sería mucha y podríamos ser hasta casi amigos, y salir juntos de compras o a carretear por ahí, como ahora se da. Le veían el lado positivo a todo.

Yo también me empapaba de eso. Esas horas que pasaba con ellos sí quería tenerlo, pensaba que encontraría la manera de sobrellevarlo, trabajar. Tal vez la pequeña criatura sería un escape para mí, el piso que buscaba, las alas que me faltaban. Pero, y ¿Si tenía su cara? Y todo volvía abajo. No quería que nada me recordara que sólo era un mueble más.

Lo perdí.

Esa misma noche en el baño de mi casa, no paraba de sangrar, dolía mucho, como si me quemara algo por dentro y no tuviese forma de apagarlo, me temblaba todo y tenía miedo. Miedo de lo que ocurriría ahora, de lo que podría suceder si se supiera; esconderlo todo; limpiar todo era una prioridad. Tal vez podría llorar después.

Metí mis manos como pude dentro de mi roja vagina y comencé a sacar todo lo que podía, los restos de lo que alguna vez fue un proyecto de vida, tomé algo muy delgado pero fuerte y detrás de él el desborde de la habitación que tan tiernamente había preparado mi cuerpo; placenta tal vez ¿Qué podía saber yo? Pero era firme y funcionaba como un tapón.

Estuve mucho tiempo ahí, sentada, esperando que no cayese nada más. Temblaba y la fiebre había subido. Alrededor era todo un desastre. Comencé a limpiar. El zumbido en los oídos seguía, me golpee varías veces con el lavamanos. Papel higiénico, trapos, toallas, faldas mías, y mucho cloro para disimular el olor, todo servía para limpiar. Dejé todo remojando con detergente en un balde dentro de la ducha, así sacaba la sangre de los trapos y ayudaba con el ambiente.

En muchas bolsas una dentro de otra botaba lo que alguna vez estuvo dentro de mí. Aquella masa fuerte del principio tenía una bonita bitácora que asemejaba un pequeño árbol. Guarde estas bolsas bajo mi cama. Agradecí tanto que mi tío se hubiese ido y que mi hermano volviera a su pieza, nadie sabría jamás lo que pasó, pensé. Esto es lo mejor, pensé.

Ya estaba amaneciendo, mi papá se levantaría pronto. Puse sábanas limpias y me metí dentro de la cama, dónde entre escalofríos me dormí abrazando mis piernas con el profundo deseo de que al despertar todo estuviese bien.

Después de 36 horas desperté en un hospital. Las miradas de severa desaprobación de todo quien pasara cerca lo decían todo. No había nadie ahí, familia, amigos, nadie. Totalmente perdida les lloré rogando que no les contaran a mis padres, pero ya sabía que no había llegado por arte de magia hasta este lugar.

Volví a casa sola, más perdida y más temerosa que nunca, el televisor encendido era lo único que escuchaba, solían dejarlo prendido para que la gente que pasara pensara que había alguien. Bajo mi cama las bolsas ya no estaban, sentí que me habían quitado algo muy preciado, pero no podría describirlo. El miedo me invadió aún más.

No podía seguir así, no podía seguir ahí. Si mi cabeza no explotaba mi corazón lo haría, así que metí algo de ropa a una mochila y huí.

lunes, 16 de julio de 2018

¿Por qué no?

Le gustaba el cabello de una, los ojos brillantes de otra, la sonrisa fácil de la tercera y la
forma de pensar de la última.

Pensaba que si las juntara a todas en una sería la mujer perfecta.
¿Por qué no?

Pero, las tenía por separado, con cosas que no le gustaban en cada una, defectos. Eso le
molestaba. Con vidas diferentes que las identificaba a cada una como únicas.
Ser tocado, o coincidir con ellas de vez en cuando no era suficiente.

Así que volvía a pensar ¿Por qué no?

viernes, 13 de julio de 2018

Aceptación


Después de llorar un par de días, pudo asimilar la idea de que la muerte no es algo evitable; luego de un par de semanas pudo avanzar consintiendo la idea de que uno siempre camina a la sombra de la fría hoz, o como quien más filosóficamente dice “cada día morimos un poco”.


Ahora piensa diferente, ya no tenía miedo <<no se puede evitar lo inevitable>> así que viajó a lugares remotos, intentando así disfrutar la vida, pero nadie le dijo que más quiebra encontrarse a uno mismo.

miércoles, 11 de julio de 2018

Karma

La pequeña y fina oveja peinaba su esponjado cabello de manera pulcra frente a su inmenso espejo que estaba en el centro de su habitación. Ese día iría con aquel vestido precioso que le había hecho su modista a la fiesta de Clotilde; su amiga de toda la vida quien era una hermosa pava real, de un plumaje envidiable.

Su rutina había comenzado muy temprano, primero su cita habitual con el gimnasio, luego un merecido relajo en el spa, pulido de uñas, exfoliación de piel, lavado y masaje de cabello, masaje corporal y un desayuno lleno de frutas, pan integral y té, debía cuidar muy bien toda su imagen, no se imaginaba una vida sin seguir esa rutina.

Se colocó el vestido rosa que valió cada peso en su modista, hoy debía lucir despampanante para sus amigas.
Colocándose un sombrero amplio con flores, lentes oscuros y su cartera salió a comprar el regalo de Clotilde, montada en su espectacular auto del año color rojo, manejaba con maestría sin tomarle importancia a nadie que estuviera en su camino.

Miraba con desdén a los monos desaliñados que se le acercaban para ofrecerle limpiar su parabrisas

- ¿Acaso no ves que está impecable? - decía con desdén mientras aceleraba dejando aquella chusma atrás.
Odiaba aquellos monos desarreglados que pretendían dirigirle la palabra sin reconocer cuál era su lado en la sociedad.

Se estacionó en un centro comercial que adoraba visitar, ya que por lo general aquellos animales de clase inferior no alcanzaban a llegar a esos lares tan alejados.

Odiaba las hienas malolientes que se reían de todo, burlescas y grotescas; los monos desaliñados con la ropa siempre sucia y aquel lenguaje vulgar; las ratas que correteaban entre la gente robando lo que encontraran a su camino, llenos de enfermedades. Asqueroso. Esas alpacas y llamas que se creían dignas de hablarle por ser “de la misma familia” un horror y obviamente no podía dejar fuera de aquellos a los cerdos malolientes.

Últimamente se estaba llenando las calles de asquerosas iguanas y cocodrilos provenientes de quien sabe de pueblucho lejano, creyendo que su país era un lugar de beneficencia para darles comida y techo a muertos de hambre como ellos, ¿por qué no se iban a morir en sus tierras? Que tenían que andar contaminando sus lares con su pobreza y asquerosidad.

Ella fue la primera en aplaudir con orgullo cuando escuchó en las noticias que iban a cerrarles el paso a todos esos animales inmundos, es de la firme creencia que entre más alejados estén unos de otros menos se le iban a pegar aquellas enfermedades que juraba podían tener.

Si allá en su pueblo apenas y tenían para comer, ¿Quién dice que tendrán para medicamentos o bañarse de forma decente? Deben estar llenos de lepra, neumonía, sífilis y quizás que otra asquerosidad.

No, no, no, ella era demasiado fina e importante como para siquiera pensar en relacionarse con aquellas pestes.
Entró al fino mall a recorrer las costosas tiendas departamentales a su paso, acostumbrada al buen trato de sus vendedoras; ella sabía que aquellas venían de la parte más fea de la ciudad, pero al menos ahí se les exigía vestir decentemente y atender como correspondía, sino también era la primera en poner reclamos y exigir el despido de estas. Si no les alcanzaba para ser una simple vendedora tendrían que conformarse a limpiar calles o algo más acorde a su nivel.

Compró una hermosa cartera de mano para Clotilde, de seguro combinaría estupendamente con su plumaje por la tonalidad dorada con verde y azul marino.

 Exitosa, caminó hasta su café favorito sentándose sin mirar a nadie a esperar ser atendida.

Grande fue su sorpresa cuando levantó la vista y vio una asquerosa iguana pidiéndole su orden, sintió asco.

-Hola buenas tardes, ¿Qué desea ordenar? - Sonreía amable pero sus dientes amarillentos que contrastaban con su piel oscura y escamosa le hacían sentir repulsión

- Disculpa, creo que ha habido un error- Dijo tratando de no ser descortés – Normalmente me atiende un joven Siberiano, él sabe exactamente cuál es mi pedido habitual –

-Oh ya veo, usted habla de Claudio, él no se encuentra en turno el día de hoy y lo estoy reemplazando, con gusto la atenderé-

-Es que él sabe exactamente lo que debe hacer con mi café, por eso vengo a este lugar-

-Lamento que no se encuentre, pero con gusto haré su pedido-

Poco convencida estaba, no quería que aquellas sucias escamas tocaran siquiera las tazas en la que iba a beber.

-Muy bien, quiero un Latte vanicanela, pero la leche debe estar tibia no caliente, obviamente sin lactosa ni un exceso de espuma, además quiero un rollo de canela, pero quiero uno fresco, con glaseado de limón- Dijo sin mirarlo, revisando su celular en todo momento, ya le había puesto demasiada atención para un día.

-Muy bien, ¿Desea la señorita algo más? - Dijo amablemente la iguana.

-Ya te dije que eso nada más y por favor que sea rápido, tengo cosas que hacer- Petulante y venenosa, fácilmente podía compararse con aquellas serpientes que veía en la televisión en los matinales y canales de farándula.
La iguana se fue en silencio, contando mentalmente hasta mil antes de responderle como se merecía a aquella oveja mal educada.

Odiaba aquella ocurrencia que tenían ciertas especies de creer que eran capaces de hacer ciertas tareas a las cuales claramente no estaban capacitadas mentalmente. En su mundo, las iguanas limpiaban las calles, baños o eran basureros, no eran garzones en cafés menos en esta parte de la ciudad; quizás si en esas poblaciones llenas de delincuentes, o cafés con piernas exóticos.

Pero como ella no era una ovejita discriminadora, recibió el café cuando se lo trajeron con cara despectiva y malhumorada.

-Está muy caliente- Dijo apenas llegó la taza a su mesa –Sabía que no estaría bien, pero déjalo así, no puedo pedirle más a un iguana-

La Iguana se mordió la lengua para no responderle, estaba acostumbrado a aquellos clientes desagradables, no se haría mala sangre por una más.

La ovejita bebió de mala gana el café, comió su postre de la misma manera y dejó ahí el dinero tirado en la mesa mientras de levantaba y se iba rápidamente, no quería estar ni un minuto más de ese lugar.

Tomó su auto y acelerando a fondo se dirigió a la casa de su amiga, solamente quería llegar, beber un Martini y olvidarse de aquellas molestas pestes por ese día.

Pero obviamente no hay mal que no se pague y debido a que se creía la dueña del mundo, pasó la señalética de alto que estaba grande en toda una esquina.

El camión solamente sintió el choque a su costado, sintiendo que le daban un leve empujón, el otro auto se estremeció como si aquello fuera un terremoto catastrófico. Quedó inconsciente, tiñendo de rojo su blanco pelaje, el vestido desgarrado y las pezuñas recién echa se arruinaron de inmediato.

Los alaridos de horror que le siguieron fueron proporcionales a la cantidad de celulares que salieron a fotografiar su decadencia. Sentía la sangre gotear por su cara, la mirada perdida en recorrer los focos sin poder arreglarse para las cámaras.

De su garganta solo salían pequeños suspiros que llamaban por ayuda, sentía olor a azufre, combustible y algo que se quemaba. Iba a morir ahí.

De entre todos los focos unas manos peludas y sucias que rebosaban olor a basura la tomaron y arrancaron del auto que comenzaba a quemarse lentamente.

Más manos le siguieron a esta, sentía que era levantada por un mar de manos ásperas que la exponían aún más ante la mirada morbosa de los transeúntes como ella que simplemente hacían videos en directo, subían a Facebook los estados, creaban historias en Instagram.

Nadie había aún llamado a la ambulancia, preocupados de no perderse ningún minuto de aquella premisa que ocurría justo frente a sus ojos.

Fue dejada lejos de ahí en la vereda, con el sol implacable pegándole en la cara mientras muchas sombras sin nombre trataban de mantenerla despierta.

Una de esas sombras llamó a la ambulancia, otro tomaba el extintor de su camión para aplacar el fuego antes de que empezara a consumir todo.

Se fue a negro entre los gritos y los brazos de aquel que la sujetaba con fuerza para que no se fuera.
Cuando despertó se encontraba en la pulcra y blanca sala de la clínica más cara de la ciudad, sentía el cuerpo adolorido y grandes vendajes y tubos adornaban su cuerpo magullado.

En la televisión una noticia se repetía constantemente.

“Grupo de héroes salva a muchacha de morir entre las llamas”

Y su hermoso auto rojo chocado contra un gran camión de basura, ella medio inconsciente en el centro, la gente a su alrededor curiosa, sin hacer nada, mientras los monos pulgosos, iguanas sucias, alpacas negras corrían a ayudarla y sacarla de aquel auto que iba a ser su ataúd.


lunes, 9 de julio de 2018

Daño

Solamente podía sentir los brazos rodeándole cálidamente mientras el miedo la invadía.

“Nunca te haría daño”

Escuchó que le repetían en el oído mientras era arrastrada hacia el callejón.

viernes, 6 de julio de 2018

PDI


- ¿Aló? Sabe, entraron unos hombres a mi casa; estaban uniformados, dijeron que eran detectives y que tenían que revisar, aún están aquí y quería confirmar que sí lo son


-Señor usted está llamando a un hotel, parece que tenemos el número parecido al de la PDI

miércoles, 4 de julio de 2018

Rompiendo

Todas las mañanas Sam se levantaba temprano al alba, apoyaba todo su peso sobre las negras patas delanteras estirando las traseras y al revés, hacía esto dos o tres veces. Terminaba sacudiéndose desde la nariz hasta el rabo. Luego se concentraba en su objetivo, preparaba todo su cuerpo para atacar; ponía atención en la tierra bajo sus pies para no hacer ruido y corría lo más rápido posible, le gustaba disfrutar del viento sobre sus bigotes mientras lo hacía, aunque esto lo desconcentraba un poco. Así que tomaba aire y volvía a centrarse en su objetivo: Un lugar de muros plateados donde terminaba el pasto verde, había una especie de tronco gris hueco desde dónde todas las mañanas caía carne.

Le gustaba llegar temprano y esperar a que cayera, así siempre podía elegir. La más roja y sanguinolenta para los días templados, más hueso y poca carne cuando no se encontraba de humor e interiores para los días fríos.

Una vez tenía su comida – no podría llamarla presa-  Se dirigía al lago para comerla. Mirar su naranjo reflejo y los diversos destellos que en agua se mostraban lo ponían en “alerta” una sensación vaga que cada vez parecía más distante, pero le gustaba comer con ese dejo de adrenalina.

Sam era un zorro, el único al parecer. Vivía en el mismo territorio de unos conejos pardos, dos familias de lobos, gatos de montaña, algunos lagartos extraños y aves. Nunca había visto a nadie como él. Era el único llamativo, ya que era el único color naranja. Era difícil escabullirse entre la hierba como lo hacían los demás.

Esos detalles a veces no significaban nada, ya que no le impedían vivir su día a día.

Cuando terminaba de comer, buscaba un buen lugar para ocultar su comida. A veces la iba a buscar por la tarde, con un deseo oculto: que alguien la hubiese hurtado, entonces así podría pasar algo, quién sabe. Otras veces sólo la olvidaba y se pudría bajo tierra.

Se reunía con Susan para jugar, Susan era una loba medio café medio gris. Pasaba las mañanas y las noches con su manada; comían juntos y dormían juntos. El resto del día estaba con Sam. Jugaban a ir bordeando la pared metálica, ahí dónde para todos terminaba el mundo.

Otras veces exploraban la planicie, pero no se aventuraban muy lejos, temían perderse y no encontrar el camino de vuelta a casa - “Usen su olfato”- decía la vieja ruda, pero era tan difícil, todo olía igual. Susan era un poco mejor oliendo; de vez en cuando podía indicar donde había escondido carne Sam, pero sólo cuando esta llevaba ya varios días oculta.

Generalmente jugaban con los conejos, las aves, en las montañas o en el lago. Los días pasaban rápido. Pasando ya la época de las hojas caídas y entrando el frío los días se hacían más cortos y las noches más largas, Susan pasaba más tiempo con su manada y por coincidente Sam más tiempo solo.
Los conejos se ocultaban todos juntos durante el invierno y eso hacía que los viera poco, por su lado las aves se mantenían en sus nidos y los gatos de montaña siempre andaban cada uno por su cuenta, rehuían a la compañía, eran algo raros. Sam decidió aprender de ellos.

Una mañana, luego de tomar su carne no fue a comerla al río, si no que se escondió tras los arbustos más cercanos y esperó, primero iban las aves, tomaban lo que estuviera más arriba y luego huían, luego iban los lobos todos juntos como de costumbre; los más ancianos escogían lo que comería el resto, luego iban los gatos de a uno, cada quién independiente

De todos los gatos, la que menos le daba miedo era Onna, era la única que no tenía cicatrices, al menos no notorias, era esbelta y su pelaje brillaba más que el de cualquier otro animal que hubiera visto.

Esperó a que se alejara un poco y comenzó a seguirla. Onna era rápida, no dejaba huellas al caminar, eso hacía que le costara seguirle el paso, a veces saltaba muy alto y largas distancias, se adentraba más y más en el bosque, una curva y Sam giraba, un salto y Sam saltaba aferrando sus garras a las ramas para no caer, una curva y ya no estaba.

Sam estaba totalmente confundido, intento oler el aire, pero no encontró nada, bueno tampoco es como si pudiera detectar algo. Hubo un silencio total, a pesar de que ese era el bosque que frecuentaba Sam tuvo miedo, nada se movía, era cómo si el tiempo se hubiese detenido y de un momento a otro sólo pudo gritar, cuando se encontró a si mismo patas arriba, no podía respirar; las zarpas de Onna estaban en tu abdomen y esta le mostraba los dientes.

- ¿Qué quieres? – Le gruñó, no le quitaba los ojos de encima
-Nada – no podía dejar de temblar, se había orinado, nunca había sentido ese miedo antes
-Nadie asecha por nada – Acercó su rostro al de sam, aumentando el peso que ejercía presión de su abdomen
- ¿Asechar? – Dijo con el poco aire que le quedaba. Ese miedo de que con un movimiento podrías desaparecer

Onna lo olfateó, y vio en sus ojos la ignorancia, la duda, la curiosidad y por último el miedo. En ese orden sólo podía suponer que estaba ante un idiota. No valía la pena y lo soltó. Dejó que respirara
- ¿Qué buscas? – No fue un gruñido, pero si marcaba lejanía
-Quería aprender…A estar solo – miró al piso, y notó que se había manchado la cola con orines y comenzó a limpiarse lastimosamente
-Eso no se aprende, está dentro de ti – No podía creerlo – ¿No llegaste sólo aquí?
-No sé cómo llegué aquí – sólo miraba su cola. La situación comenzaba a irritar a Onna, quien se acercó violentamente
-Escucha chico, si quieres algo mírame. Lobos y conejos viven juntos en sus madrigueras, cazan juntos, duermen juntos. Nosotros no. Es nuestra naturaleza, lo que tira la piel.
-No, yo no quiero sentirme solo, por eso quería aprender de ti, la piel no me tira de nada – Tenía los ojos como platos, lo sabía así que desviaba la mirada. Se sentía cada vez más perdido ¿Acaso todos sabían qué hacer, menos él?
Onna suspiró – Ve a hablar con la vieja ruda. Sabe muchos cuentos, así como muchas verdades y muchas mentiras, yo no soy ni seré una madre, menos un zorro. ¡Sal de aquí! Vete, sabes dónde está, ella nunca se mueve.

Sam huyó, ya no sólo se sentía solo, sino que también rechazado. No quiso ir con la vieja ruda ese día, ni al siguiente.
No buscó comida, pero si se ocultó en las ramas altas de los árboles y observó, observó como todo se movía y todo tenía un ritmo.

Los lobos se cuidaban los unos a los otros, tenían peleas, pero eran parte de un circuito inamovible, se enseñaban y se pasaban algo invisible que contenía mucho valor, algo que él no tendría jamás. Las aves a pesar de vivir sólo de a dos más polluelos, se reunían en bandadas, bebían y se bañaban juntas. Incluso los gatos salvajes y solitarios tenían un circuito. Sentía que era la nota disonante de todo; que no debía estar allí.

Susan lo buscaba, pero el no quería mostrarse así ante ella, tan desorientado, tan desastroso; era su amiga, pero también parte de lo que no poseía.

Se durmió dónde estaba, al día siguiente masticaba hierbas varias y vagaba. Es tragicómico, pero a veces encontraba sus propios agujeros con carne vieja dentro.

-No te ves bien Sam – Escuchó las palabras llevadas por el viento junto con un característico olor que cualquiera reconocería, un agridulce especial. La vieja ruda no iría por él, él debía ir hacia ella si quería sus palabras. Ya había tardado varios días, suficientes como para que el dolor mitigara un poco, dándole espacio a una discreta curiosidad, una curiosidad demandante y obstinada, de esas que sólo se calman al oír lo que quieren.

¿Qué quería oír Sam? Ni él mismo lo sabía. Se acercó a la ruda con cuidado, no quería que nadie más estuviese ahí.

- ¡Oh! Así que decidiste venir a visitar a esta planta, ve a limpiarte niño, apestas. Ausentarte a comer no significa que te ausentes de ti mismo y tu aseo – Cerca de la ruda pasaba un pequeño río que desembocaba en la laguna. Ahí Sam se limpió casi de forma automática. No estaba pensando. Tampoco se cuestionó porque la vieja sabía que no estaba yendo a buscar comida.

Luego fue a dónde las palabras y el cariño lo llamaba.
- ¿Qué sucedió? – Inquirió la vieja
- ¿De dónde vengo? – Soltó
-Aah, eso es fácil, del vientre de tu zorra madre – Dijo riendo
- ¡No!, ¿cómo llegue aquí? ¿Por qué no hay otros como yo? ¿qué se supone que deba hacer? ¿Qué se espera que haga? – La desesperación le subía por la garganta y salía a borbotones - ¿Estaré sólo siempre? ¿viviré así siempre? ¿Qué hago para que pare todo?
- Epa, epa, tranquilo chico listo. Ven aquí siéntate, respiremos juntos – Con ellos una leve brisa floto alrededor de ambos, traía hojas de menta junto al olor del agua. La desesperación seguía ahí con ellos, pero ya no quería salir, sólo observaba.
-Todos nos hemos sentido así alguna vez, sobre todo aquí – Dijo entre un suspiro
- ¿Todos? –  Aún tenía un hilo de voz
-Todos. Todos han olvidado de dónde vienen. Han pasado tanto tiempo aquí que han muerto y las siguientes generaciones no han traspasado la historia, la cultura, las costumbres. Perdiéndose ellas en el tiempo. Olvidándose de quienes son.
-Qué me importa la historia, la cultura-
-Todo debería importante, si te sientes así es porque el camino a casa has perdido, el camino a lo que eres realmente- le interrumpió
-No tengo ningún camino, estoy solo – No podía esperar más, la desesperación lo abrumaba, no quería oír viejas historias
-Escucha, todos tenemos un camino. Un recorrido directo a nosotros mismo, pero es difícil hallarlo. La historia, la cultura y las costumbren labran el camino, haciendo más fácil llegar, pero no te toman de la mano hasta él. – La calma que infundía era casi contagiosa-Llegaste aquí por el tronco metálico una noche. Venías de afuera-
-Eso no puede ser, no hay nada afuera – Se hizo un silencio en su mente, lo que le estaban contando no era tan descabellado
-Puedes decir eso con seguridad? ¿De dónde vienen los alimentos? ¿Lo sabes?
- No -
-Yo tampoco, pero si sé, que un día podía ver la luz del sol y al otro no. Sobre mí construyeron esto y los he visto llegar a todos ustedes. No sé qué tan grande será, pero mis raíces me dicen que mucho. Para que te tirasen aquí es porque hay más cómo tú, y quieren ver cómo interactúas con ellos, o si es que llegas a ellos
- ¿Quiénes son ellos? ¿Hay más zorros? – Estaba confundido, siempre había habido varios soles ahí para él, pero sabía que la ruda a veces divagaba, lo mas importante era saber si había más como él
-Los que tiran la comida también – Dijo, con tono de obviedad
- ¿Y los zorros? – Comenzaba a entusiasmarse con la idea
-Debe haberlos -
-Nunca los he visto -
-Nunca te he sentido cruzar “la zona segura” – Inquirió la ruda
-No sé qué hay más allá, o si no hay más troncos que den carne ¿Qué comeré?
-Y nunca lo sabremos así. Hasta dónde yo lo veo, puedes quedarte con todas esas dudas, o puedes ir más allá, ver hasta dónde llega esta construcción y buscar a más cómo tú. Si hay más animales, debe haber más troncos de carne
- ¿Y si son como Onna? –
-No lo creo. -Hizo un largo silencio-  Los animales decían “Si hubiese comida asegurada, viviríamos felices, no tendríamos que matar, no odiaríamos” y aquí están, existe la utopía. Pero todos se han ido perdiendo, lobos y zorros que no saben seguir un rastro ¿Quién lo habría imaginado? Onna y los gatos son los únicos que piensan que algún día saldrán al mundo exterior y deben saber afrontar la realidad, los únicos que se pasaron la historia de sus raíces.
-Debo encontrar mis raíces, para poder ver el camino, Eso es. ¿Cierto?
-Así es. -
-Saldré de la zona, investigaré que hay más allá y encontraré zorros, encontraré el camino.
-Duerme aquí esta noche Sam, tal vez no te sienta en mucho tiempo, cuidaré tus sueños- Continuaron hablando, ahora más calmadamente, hasta que el sueño los atrapó.
Al día siguiente, apenas el sol toco sus patas se levantó por el desayuno, comió ahí mismo, estaba hambriento y lleno de energía a la vez. Sabía que la vieja no podía comer carne, pero le enterraría un poco cerca, tal vez le llegue el sabor por las raíces ¿Sentían sabores las plantas? Se cuestionó. La intención es lo que cuenta, dicen.

Susan lo vio ir a lo lejos y lo siguió.

Una vez se alejó del bosque, Susan apuro la marcha ¿Pensaba escaparse? ¿Por qué? Ella había tenido un sueño, uno dónde Sam cambiaba su pelaje fino por uno más grueso, se volvía más alto y luego se alejaba. Eso la tenía intranquila.

- ¿A dónde vas? – No quería preguntar en realidad, pero él se alejaba demasiado rápido
-Voy a explorar fuera de los limites – dijo sin parar
-No, es peligroso -
- Sé que puede ser peligroso
- “Que puede” Lo es Sam. No sabemos si hay comida, ni que animales haya, si es que los hay
-Bueno, no podemos ser los únicos y si hay animales seguramente hay comida, debe haber más troncos metálicos, y otro “fin del mundo” al otro lado; la vieja ruda dice que estamos encerrados.
-La ruda tiene muchos cuentos, además ¿Para que ir? Todo lo que necesitas está aquí – La situación era extraña
-Quiero encontrar respuestas… - Recordó a la vieja ruda “A nadie le gusta que sus amigos cambien, o tomen caminos que los alejen, pero nadie lo dice. En vez de eso, sólo ven lo negativo y siembran duda” - ¿Vienes? – Le dijo. Invitarla le daría pie a la verdad -
Se formó un silencio, Susan pensó en su manada, miraba hacia atrás, el verde, la silueta del lago y su familia; hacía delante estaba la planicie, se veía una arboleada no tan lejos y la espalda de Sam alejándose.

Tras él y en dudoso silencio caminó.

lunes, 2 de julio de 2018

Grito


Cuando escuchó el chillido se le heló la Sangre. Miró a todos lados y sólo encontró un
lastimoso palo de escoba, aún así salió corriendo en su auxilio.

Al encontrarla, juró venganza