Todas
las mañanas Sam se levantaba temprano al alba, apoyaba todo su peso sobre las negras
patas delanteras estirando las traseras y al revés, hacía esto dos o tres
veces. Terminaba sacudiéndose desde la nariz hasta el rabo. Luego se
concentraba en su objetivo, preparaba todo su cuerpo para atacar; ponía
atención en la tierra bajo sus pies para no hacer ruido y corría lo más rápido
posible, le gustaba disfrutar del viento sobre sus bigotes mientras lo hacía,
aunque esto lo desconcentraba un poco. Así que tomaba aire y volvía a centrarse
en su objetivo: Un lugar de muros plateados donde terminaba el pasto verde,
había una especie de tronco gris hueco desde dónde todas las mañanas caía
carne.
Le
gustaba llegar temprano y esperar a que cayera, así siempre podía elegir. La
más roja y sanguinolenta para los días templados, más hueso y poca carne cuando
no se encontraba de humor e interiores para los días fríos.
Una
vez tenía su comida – no podría llamarla presa- Se dirigía al lago para comerla. Mirar su naranjo
reflejo y los diversos destellos que en agua se mostraban lo ponían en “alerta”
una sensación vaga que cada vez parecía más distante, pero le gustaba comer con
ese dejo de adrenalina.
Sam
era un zorro, el único al parecer. Vivía en el mismo territorio de unos conejos
pardos, dos familias de lobos, gatos de montaña, algunos lagartos extraños y
aves. Nunca había visto a nadie como él. Era el único llamativo, ya que era el
único color naranja. Era difícil escabullirse entre la hierba como lo hacían
los demás.
Esos
detalles a veces no significaban nada, ya que no le impedían vivir su día a
día.
Cuando
terminaba de comer, buscaba un buen lugar para ocultar su comida. A veces la
iba a buscar por la tarde, con un deseo oculto: que alguien la hubiese hurtado,
entonces así podría pasar algo, quién sabe. Otras veces sólo la olvidaba y se
pudría bajo tierra.
Se
reunía con Susan para jugar, Susan era una loba medio café medio gris. Pasaba
las mañanas y las noches con su manada; comían juntos y dormían juntos. El
resto del día estaba con Sam. Jugaban a ir bordeando la pared metálica, ahí
dónde para todos terminaba el mundo.
Otras
veces exploraban la planicie, pero no se aventuraban muy lejos, temían perderse
y no encontrar el camino de vuelta a casa - “Usen su olfato”- decía la vieja
ruda, pero era tan difícil, todo olía igual. Susan era un poco mejor oliendo;
de vez en cuando podía indicar donde había escondido carne Sam, pero sólo
cuando esta llevaba ya varios días oculta.
Generalmente
jugaban con los conejos, las aves, en las montañas o en el lago. Los días
pasaban rápido. Pasando ya la época de las hojas caídas y entrando el frío los
días se hacían más cortos y las noches más largas, Susan pasaba más tiempo con
su manada y por coincidente Sam más tiempo solo.
Los
conejos se ocultaban todos juntos durante el invierno y eso hacía que los viera
poco, por su lado las aves se mantenían en sus nidos y los gatos de montaña
siempre andaban cada uno por su cuenta, rehuían a la compañía, eran algo raros.
Sam decidió aprender de ellos.
Una
mañana, luego de tomar su carne no fue a comerla al río, si no que se escondió
tras los arbustos más cercanos y esperó, primero iban las aves, tomaban lo que
estuviera más arriba y luego huían, luego iban los lobos todos juntos como de
costumbre; los más ancianos escogían lo que comería el resto, luego iban los
gatos de a uno, cada quién independiente
De
todos los gatos, la que menos le daba miedo era Onna, era la única que no tenía
cicatrices, al menos no notorias, era esbelta y su pelaje brillaba más que el
de cualquier otro animal que hubiera visto.
Esperó
a que se alejara un poco y comenzó a seguirla. Onna era rápida, no dejaba
huellas al caminar, eso hacía que le costara seguirle el paso, a veces saltaba
muy alto y largas distancias, se adentraba más y más en el bosque, una curva y
Sam giraba, un salto y Sam saltaba aferrando sus garras a las ramas para no
caer, una curva y ya no estaba.
Sam
estaba totalmente confundido, intento oler el aire, pero no encontró nada,
bueno tampoco es como si pudiera detectar algo. Hubo un silencio total, a pesar
de que ese era el bosque que frecuentaba Sam tuvo miedo, nada se movía, era cómo
si el tiempo se hubiese detenido y de un momento a otro sólo pudo gritar,
cuando se encontró a si mismo patas arriba, no podía respirar; las zarpas de
Onna estaban en tu abdomen y esta le mostraba los dientes.
-
¿Qué quieres? – Le gruñó, no le quitaba los ojos de encima
-Nada
– no podía dejar de temblar, se había orinado, nunca había sentido ese miedo
antes
-Nadie
asecha por nada – Acercó su rostro al de sam, aumentando el peso que ejercía presión
de su abdomen
-
¿Asechar? – Dijo con el poco aire que le quedaba. Ese miedo de que con un
movimiento podrías desaparecer
Onna
lo olfateó, y vio en sus ojos la ignorancia, la duda, la curiosidad y por
último el miedo. En ese orden sólo podía suponer que estaba ante un idiota. No
valía la pena y lo soltó. Dejó que respirara
-
¿Qué buscas? – No fue un gruñido, pero si marcaba lejanía
-Quería
aprender…A estar solo – miró al piso, y notó que se había manchado la cola con
orines y comenzó a limpiarse lastimosamente
-Eso
no se aprende, está dentro de ti – No podía creerlo – ¿No llegaste sólo aquí?
-No
sé cómo llegué aquí – sólo miraba su cola. La situación comenzaba a irritar a
Onna, quien se acercó violentamente
-Escucha
chico, si quieres algo mírame. Lobos y conejos viven juntos en sus madrigueras,
cazan juntos, duermen juntos. Nosotros no. Es nuestra naturaleza, lo que tira
la piel.
-No,
yo no quiero sentirme solo, por eso quería aprender de ti, la piel no me tira
de nada – Tenía los ojos como platos, lo sabía así que desviaba la mirada. Se
sentía cada vez más perdido ¿Acaso todos sabían qué hacer, menos él?
Onna
suspiró – Ve a hablar con la vieja ruda. Sabe muchos cuentos, así como muchas
verdades y muchas mentiras, yo no soy ni seré una madre, menos un zorro. ¡Sal
de aquí! Vete, sabes dónde está, ella nunca se mueve.
Sam
huyó, ya no sólo se sentía solo, sino que también rechazado. No quiso ir con la
vieja ruda ese día, ni al siguiente.
No
buscó comida, pero si se ocultó en las ramas altas de los árboles y observó,
observó como todo se movía y todo tenía un ritmo.
Los
lobos se cuidaban los unos a los otros, tenían peleas, pero eran parte de un
circuito inamovible, se enseñaban y se pasaban algo invisible que contenía
mucho valor, algo que él no tendría jamás. Las aves a pesar de vivir sólo de a
dos más polluelos, se reunían en bandadas, bebían y se bañaban juntas. Incluso
los gatos salvajes y solitarios tenían un circuito. Sentía que era la nota
disonante de todo; que no debía estar allí.
Susan
lo buscaba, pero el no quería mostrarse así ante ella, tan desorientado, tan desastroso;
era su amiga, pero también parte de lo que no poseía.
Se
durmió dónde estaba, al día siguiente masticaba hierbas varias y vagaba. Es
tragicómico, pero a veces encontraba sus propios agujeros con carne vieja
dentro.
-No
te ves bien Sam – Escuchó las palabras llevadas por el viento junto con un
característico olor que cualquiera reconocería, un agridulce especial. La vieja
ruda no iría por él, él debía ir hacia ella si quería sus palabras. Ya había
tardado varios días, suficientes como para que el dolor mitigara un poco,
dándole espacio a una discreta curiosidad, una curiosidad demandante y
obstinada, de esas que sólo se calman al oír lo que quieren.
¿Qué
quería oír Sam? Ni él mismo lo sabía. Se acercó a la ruda con cuidado, no
quería que nadie más estuviese ahí.
-
¡Oh! Así que decidiste venir a visitar a esta planta, ve a limpiarte niño,
apestas. Ausentarte a comer no significa que te ausentes de ti mismo y tu aseo
– Cerca de la ruda pasaba un pequeño río que desembocaba en la laguna. Ahí Sam
se limpió casi de forma automática. No estaba pensando. Tampoco se cuestionó
porque la vieja sabía que no estaba yendo a buscar comida.
Luego
fue a dónde las palabras y el cariño lo llamaba.
-
¿Qué sucedió? – Inquirió la vieja
-
¿De dónde vengo? – Soltó
-Aah,
eso es fácil, del vientre de tu zorra madre – Dijo riendo
-
¡No!, ¿cómo llegue aquí? ¿Por qué no hay otros como yo? ¿qué se supone que deba
hacer? ¿Qué se espera que haga? – La desesperación le subía por la garganta y
salía a borbotones - ¿Estaré sólo siempre? ¿viviré así siempre? ¿Qué hago para
que pare todo?
-
Epa, epa, tranquilo chico listo. Ven aquí siéntate, respiremos juntos – Con
ellos una leve brisa floto alrededor de ambos, traía hojas de menta junto al
olor del agua. La desesperación seguía ahí con ellos, pero ya no quería salir,
sólo observaba.
-Todos
nos hemos sentido así alguna vez, sobre todo aquí – Dijo entre un suspiro
-
¿Todos? – Aún tenía un hilo de voz
-Todos.
Todos han olvidado de dónde vienen. Han pasado tanto tiempo aquí que han muerto
y las siguientes generaciones no han traspasado la historia, la cultura, las
costumbres. Perdiéndose ellas en el tiempo. Olvidándose de quienes son.
-Qué
me importa la historia, la cultura-
-Todo
debería importante, si te sientes así es porque el camino a casa has perdido,
el camino a lo que eres realmente- le interrumpió
-No
tengo ningún camino, estoy solo – No podía esperar más, la desesperación lo
abrumaba, no quería oír viejas historias
-Escucha,
todos tenemos un camino. Un recorrido directo a nosotros mismo, pero es difícil
hallarlo. La historia, la cultura y las costumbren labran el camino, haciendo
más fácil llegar, pero no te toman de la mano hasta él. – La calma que infundía
era casi contagiosa-Llegaste aquí por el tronco metálico una noche. Venías de afuera-
-Eso
no puede ser, no hay nada afuera – Se hizo un silencio en su mente, lo que le
estaban contando no era tan descabellado
-Puedes
decir eso con seguridad? ¿De dónde vienen los alimentos? ¿Lo sabes?
-
No -
-Yo
tampoco, pero si sé, que un día podía ver la luz del sol y al otro no. Sobre mí
construyeron esto y los he visto llegar a todos ustedes. No sé qué tan grande
será, pero mis raíces me dicen que mucho. Para que te tirasen aquí es porque
hay más cómo tú, y quieren ver cómo interactúas con ellos, o si es que llegas a
ellos
-
¿Quiénes son ellos? ¿Hay más zorros? – Estaba confundido, siempre había habido
varios soles ahí para él, pero sabía que la ruda a veces divagaba, lo mas
importante era saber si había más como él
-Los
que tiran la comida también – Dijo, con tono de obviedad
-
¿Y los zorros? – Comenzaba a entusiasmarse con la idea
-Debe
haberlos -
-Nunca
los he visto -
-Nunca
te he sentido cruzar “la zona segura” – Inquirió la ruda
-No
sé qué hay más allá, o si no hay más troncos que den carne ¿Qué comeré?
-Y
nunca lo sabremos así. Hasta dónde yo lo veo, puedes quedarte con todas esas
dudas, o puedes ir más allá, ver hasta dónde llega esta construcción y buscar a
más cómo tú. Si hay más animales, debe haber más troncos de carne
-
¿Y si son como Onna? –
-No
lo creo. -Hizo un largo silencio- Los
animales decían “Si hubiese comida asegurada, viviríamos felices, no tendríamos
que matar, no odiaríamos” y aquí están, existe la utopía. Pero todos se han ido
perdiendo, lobos y zorros que no saben seguir un rastro ¿Quién lo habría
imaginado? Onna y los gatos son los únicos que piensan que algún día saldrán al
mundo exterior y deben saber afrontar la realidad, los únicos que se pasaron la
historia de sus raíces.
-Debo
encontrar mis raíces, para poder ver el camino, Eso es. ¿Cierto?
-Así
es. -
-Saldré
de la zona, investigaré que hay más allá y encontraré zorros, encontraré el
camino.
-Duerme
aquí esta noche Sam, tal vez no te sienta en mucho tiempo, cuidaré tus sueños-
Continuaron hablando, ahora más calmadamente, hasta que el sueño los atrapó.
Al
día siguiente, apenas el sol toco sus patas se levantó por el desayuno, comió
ahí mismo, estaba hambriento y lleno de energía a la vez. Sabía que la vieja no
podía comer carne, pero le enterraría un poco cerca, tal vez le llegue el sabor
por las raíces ¿Sentían sabores las plantas? Se cuestionó. La intención es lo
que cuenta, dicen.
Susan
lo vio ir a lo lejos y lo siguió.
Una
vez se alejó del bosque, Susan apuro la marcha ¿Pensaba escaparse? ¿Por qué?
Ella había tenido un sueño, uno dónde Sam cambiaba su pelaje fino por uno más
grueso, se volvía más alto y luego se alejaba. Eso la tenía intranquila.
-
¿A dónde vas? – No quería preguntar en realidad, pero él se alejaba demasiado
rápido
-Voy
a explorar fuera de los limites – dijo sin parar
-No,
es peligroso -
-
Sé que puede ser peligroso
-
“Que puede” Lo es Sam. No sabemos si hay comida, ni que animales haya, si es
que los hay
-Bueno,
no podemos ser los únicos y si hay animales seguramente hay comida, debe haber más
troncos metálicos, y otro “fin del mundo” al otro lado; la vieja ruda dice que
estamos encerrados.
-La
ruda tiene muchos cuentos, además ¿Para que ir? Todo lo que necesitas está aquí
– La situación era extraña
-Quiero
encontrar respuestas… - Recordó a la vieja ruda “A nadie le gusta que sus
amigos cambien, o tomen caminos que los alejen, pero nadie lo dice. En vez de
eso, sólo ven lo negativo y siembran duda” - ¿Vienes? – Le dijo. Invitarla le
daría pie a la verdad -
Se
formó un silencio, Susan pensó en su manada, miraba hacia atrás, el verde, la
silueta del lago y su familia; hacía delante estaba la planicie, se veía una
arboleada no tan lejos y la espalda de Sam alejándose.
Tras
él y en dudoso silencio caminó.
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