miércoles, 4 de julio de 2018

Rompiendo

Todas las mañanas Sam se levantaba temprano al alba, apoyaba todo su peso sobre las negras patas delanteras estirando las traseras y al revés, hacía esto dos o tres veces. Terminaba sacudiéndose desde la nariz hasta el rabo. Luego se concentraba en su objetivo, preparaba todo su cuerpo para atacar; ponía atención en la tierra bajo sus pies para no hacer ruido y corría lo más rápido posible, le gustaba disfrutar del viento sobre sus bigotes mientras lo hacía, aunque esto lo desconcentraba un poco. Así que tomaba aire y volvía a centrarse en su objetivo: Un lugar de muros plateados donde terminaba el pasto verde, había una especie de tronco gris hueco desde dónde todas las mañanas caía carne.

Le gustaba llegar temprano y esperar a que cayera, así siempre podía elegir. La más roja y sanguinolenta para los días templados, más hueso y poca carne cuando no se encontraba de humor e interiores para los días fríos.

Una vez tenía su comida – no podría llamarla presa-  Se dirigía al lago para comerla. Mirar su naranjo reflejo y los diversos destellos que en agua se mostraban lo ponían en “alerta” una sensación vaga que cada vez parecía más distante, pero le gustaba comer con ese dejo de adrenalina.

Sam era un zorro, el único al parecer. Vivía en el mismo territorio de unos conejos pardos, dos familias de lobos, gatos de montaña, algunos lagartos extraños y aves. Nunca había visto a nadie como él. Era el único llamativo, ya que era el único color naranja. Era difícil escabullirse entre la hierba como lo hacían los demás.

Esos detalles a veces no significaban nada, ya que no le impedían vivir su día a día.

Cuando terminaba de comer, buscaba un buen lugar para ocultar su comida. A veces la iba a buscar por la tarde, con un deseo oculto: que alguien la hubiese hurtado, entonces así podría pasar algo, quién sabe. Otras veces sólo la olvidaba y se pudría bajo tierra.

Se reunía con Susan para jugar, Susan era una loba medio café medio gris. Pasaba las mañanas y las noches con su manada; comían juntos y dormían juntos. El resto del día estaba con Sam. Jugaban a ir bordeando la pared metálica, ahí dónde para todos terminaba el mundo.

Otras veces exploraban la planicie, pero no se aventuraban muy lejos, temían perderse y no encontrar el camino de vuelta a casa - “Usen su olfato”- decía la vieja ruda, pero era tan difícil, todo olía igual. Susan era un poco mejor oliendo; de vez en cuando podía indicar donde había escondido carne Sam, pero sólo cuando esta llevaba ya varios días oculta.

Generalmente jugaban con los conejos, las aves, en las montañas o en el lago. Los días pasaban rápido. Pasando ya la época de las hojas caídas y entrando el frío los días se hacían más cortos y las noches más largas, Susan pasaba más tiempo con su manada y por coincidente Sam más tiempo solo.
Los conejos se ocultaban todos juntos durante el invierno y eso hacía que los viera poco, por su lado las aves se mantenían en sus nidos y los gatos de montaña siempre andaban cada uno por su cuenta, rehuían a la compañía, eran algo raros. Sam decidió aprender de ellos.

Una mañana, luego de tomar su carne no fue a comerla al río, si no que se escondió tras los arbustos más cercanos y esperó, primero iban las aves, tomaban lo que estuviera más arriba y luego huían, luego iban los lobos todos juntos como de costumbre; los más ancianos escogían lo que comería el resto, luego iban los gatos de a uno, cada quién independiente

De todos los gatos, la que menos le daba miedo era Onna, era la única que no tenía cicatrices, al menos no notorias, era esbelta y su pelaje brillaba más que el de cualquier otro animal que hubiera visto.

Esperó a que se alejara un poco y comenzó a seguirla. Onna era rápida, no dejaba huellas al caminar, eso hacía que le costara seguirle el paso, a veces saltaba muy alto y largas distancias, se adentraba más y más en el bosque, una curva y Sam giraba, un salto y Sam saltaba aferrando sus garras a las ramas para no caer, una curva y ya no estaba.

Sam estaba totalmente confundido, intento oler el aire, pero no encontró nada, bueno tampoco es como si pudiera detectar algo. Hubo un silencio total, a pesar de que ese era el bosque que frecuentaba Sam tuvo miedo, nada se movía, era cómo si el tiempo se hubiese detenido y de un momento a otro sólo pudo gritar, cuando se encontró a si mismo patas arriba, no podía respirar; las zarpas de Onna estaban en tu abdomen y esta le mostraba los dientes.

- ¿Qué quieres? – Le gruñó, no le quitaba los ojos de encima
-Nada – no podía dejar de temblar, se había orinado, nunca había sentido ese miedo antes
-Nadie asecha por nada – Acercó su rostro al de sam, aumentando el peso que ejercía presión de su abdomen
- ¿Asechar? – Dijo con el poco aire que le quedaba. Ese miedo de que con un movimiento podrías desaparecer

Onna lo olfateó, y vio en sus ojos la ignorancia, la duda, la curiosidad y por último el miedo. En ese orden sólo podía suponer que estaba ante un idiota. No valía la pena y lo soltó. Dejó que respirara
- ¿Qué buscas? – No fue un gruñido, pero si marcaba lejanía
-Quería aprender…A estar solo – miró al piso, y notó que se había manchado la cola con orines y comenzó a limpiarse lastimosamente
-Eso no se aprende, está dentro de ti – No podía creerlo – ¿No llegaste sólo aquí?
-No sé cómo llegué aquí – sólo miraba su cola. La situación comenzaba a irritar a Onna, quien se acercó violentamente
-Escucha chico, si quieres algo mírame. Lobos y conejos viven juntos en sus madrigueras, cazan juntos, duermen juntos. Nosotros no. Es nuestra naturaleza, lo que tira la piel.
-No, yo no quiero sentirme solo, por eso quería aprender de ti, la piel no me tira de nada – Tenía los ojos como platos, lo sabía así que desviaba la mirada. Se sentía cada vez más perdido ¿Acaso todos sabían qué hacer, menos él?
Onna suspiró – Ve a hablar con la vieja ruda. Sabe muchos cuentos, así como muchas verdades y muchas mentiras, yo no soy ni seré una madre, menos un zorro. ¡Sal de aquí! Vete, sabes dónde está, ella nunca se mueve.

Sam huyó, ya no sólo se sentía solo, sino que también rechazado. No quiso ir con la vieja ruda ese día, ni al siguiente.
No buscó comida, pero si se ocultó en las ramas altas de los árboles y observó, observó como todo se movía y todo tenía un ritmo.

Los lobos se cuidaban los unos a los otros, tenían peleas, pero eran parte de un circuito inamovible, se enseñaban y se pasaban algo invisible que contenía mucho valor, algo que él no tendría jamás. Las aves a pesar de vivir sólo de a dos más polluelos, se reunían en bandadas, bebían y se bañaban juntas. Incluso los gatos salvajes y solitarios tenían un circuito. Sentía que era la nota disonante de todo; que no debía estar allí.

Susan lo buscaba, pero el no quería mostrarse así ante ella, tan desorientado, tan desastroso; era su amiga, pero también parte de lo que no poseía.

Se durmió dónde estaba, al día siguiente masticaba hierbas varias y vagaba. Es tragicómico, pero a veces encontraba sus propios agujeros con carne vieja dentro.

-No te ves bien Sam – Escuchó las palabras llevadas por el viento junto con un característico olor que cualquiera reconocería, un agridulce especial. La vieja ruda no iría por él, él debía ir hacia ella si quería sus palabras. Ya había tardado varios días, suficientes como para que el dolor mitigara un poco, dándole espacio a una discreta curiosidad, una curiosidad demandante y obstinada, de esas que sólo se calman al oír lo que quieren.

¿Qué quería oír Sam? Ni él mismo lo sabía. Se acercó a la ruda con cuidado, no quería que nadie más estuviese ahí.

- ¡Oh! Así que decidiste venir a visitar a esta planta, ve a limpiarte niño, apestas. Ausentarte a comer no significa que te ausentes de ti mismo y tu aseo – Cerca de la ruda pasaba un pequeño río que desembocaba en la laguna. Ahí Sam se limpió casi de forma automática. No estaba pensando. Tampoco se cuestionó porque la vieja sabía que no estaba yendo a buscar comida.

Luego fue a dónde las palabras y el cariño lo llamaba.
- ¿Qué sucedió? – Inquirió la vieja
- ¿De dónde vengo? – Soltó
-Aah, eso es fácil, del vientre de tu zorra madre – Dijo riendo
- ¡No!, ¿cómo llegue aquí? ¿Por qué no hay otros como yo? ¿qué se supone que deba hacer? ¿Qué se espera que haga? – La desesperación le subía por la garganta y salía a borbotones - ¿Estaré sólo siempre? ¿viviré así siempre? ¿Qué hago para que pare todo?
- Epa, epa, tranquilo chico listo. Ven aquí siéntate, respiremos juntos – Con ellos una leve brisa floto alrededor de ambos, traía hojas de menta junto al olor del agua. La desesperación seguía ahí con ellos, pero ya no quería salir, sólo observaba.
-Todos nos hemos sentido así alguna vez, sobre todo aquí – Dijo entre un suspiro
- ¿Todos? –  Aún tenía un hilo de voz
-Todos. Todos han olvidado de dónde vienen. Han pasado tanto tiempo aquí que han muerto y las siguientes generaciones no han traspasado la historia, la cultura, las costumbres. Perdiéndose ellas en el tiempo. Olvidándose de quienes son.
-Qué me importa la historia, la cultura-
-Todo debería importante, si te sientes así es porque el camino a casa has perdido, el camino a lo que eres realmente- le interrumpió
-No tengo ningún camino, estoy solo – No podía esperar más, la desesperación lo abrumaba, no quería oír viejas historias
-Escucha, todos tenemos un camino. Un recorrido directo a nosotros mismo, pero es difícil hallarlo. La historia, la cultura y las costumbren labran el camino, haciendo más fácil llegar, pero no te toman de la mano hasta él. – La calma que infundía era casi contagiosa-Llegaste aquí por el tronco metálico una noche. Venías de afuera-
-Eso no puede ser, no hay nada afuera – Se hizo un silencio en su mente, lo que le estaban contando no era tan descabellado
-Puedes decir eso con seguridad? ¿De dónde vienen los alimentos? ¿Lo sabes?
- No -
-Yo tampoco, pero si sé, que un día podía ver la luz del sol y al otro no. Sobre mí construyeron esto y los he visto llegar a todos ustedes. No sé qué tan grande será, pero mis raíces me dicen que mucho. Para que te tirasen aquí es porque hay más cómo tú, y quieren ver cómo interactúas con ellos, o si es que llegas a ellos
- ¿Quiénes son ellos? ¿Hay más zorros? – Estaba confundido, siempre había habido varios soles ahí para él, pero sabía que la ruda a veces divagaba, lo mas importante era saber si había más como él
-Los que tiran la comida también – Dijo, con tono de obviedad
- ¿Y los zorros? – Comenzaba a entusiasmarse con la idea
-Debe haberlos -
-Nunca los he visto -
-Nunca te he sentido cruzar “la zona segura” – Inquirió la ruda
-No sé qué hay más allá, o si no hay más troncos que den carne ¿Qué comeré?
-Y nunca lo sabremos así. Hasta dónde yo lo veo, puedes quedarte con todas esas dudas, o puedes ir más allá, ver hasta dónde llega esta construcción y buscar a más cómo tú. Si hay más animales, debe haber más troncos de carne
- ¿Y si son como Onna? –
-No lo creo. -Hizo un largo silencio-  Los animales decían “Si hubiese comida asegurada, viviríamos felices, no tendríamos que matar, no odiaríamos” y aquí están, existe la utopía. Pero todos se han ido perdiendo, lobos y zorros que no saben seguir un rastro ¿Quién lo habría imaginado? Onna y los gatos son los únicos que piensan que algún día saldrán al mundo exterior y deben saber afrontar la realidad, los únicos que se pasaron la historia de sus raíces.
-Debo encontrar mis raíces, para poder ver el camino, Eso es. ¿Cierto?
-Así es. -
-Saldré de la zona, investigaré que hay más allá y encontraré zorros, encontraré el camino.
-Duerme aquí esta noche Sam, tal vez no te sienta en mucho tiempo, cuidaré tus sueños- Continuaron hablando, ahora más calmadamente, hasta que el sueño los atrapó.
Al día siguiente, apenas el sol toco sus patas se levantó por el desayuno, comió ahí mismo, estaba hambriento y lleno de energía a la vez. Sabía que la vieja no podía comer carne, pero le enterraría un poco cerca, tal vez le llegue el sabor por las raíces ¿Sentían sabores las plantas? Se cuestionó. La intención es lo que cuenta, dicen.

Susan lo vio ir a lo lejos y lo siguió.

Una vez se alejó del bosque, Susan apuro la marcha ¿Pensaba escaparse? ¿Por qué? Ella había tenido un sueño, uno dónde Sam cambiaba su pelaje fino por uno más grueso, se volvía más alto y luego se alejaba. Eso la tenía intranquila.

- ¿A dónde vas? – No quería preguntar en realidad, pero él se alejaba demasiado rápido
-Voy a explorar fuera de los limites – dijo sin parar
-No, es peligroso -
- Sé que puede ser peligroso
- “Que puede” Lo es Sam. No sabemos si hay comida, ni que animales haya, si es que los hay
-Bueno, no podemos ser los únicos y si hay animales seguramente hay comida, debe haber más troncos metálicos, y otro “fin del mundo” al otro lado; la vieja ruda dice que estamos encerrados.
-La ruda tiene muchos cuentos, además ¿Para que ir? Todo lo que necesitas está aquí – La situación era extraña
-Quiero encontrar respuestas… - Recordó a la vieja ruda “A nadie le gusta que sus amigos cambien, o tomen caminos que los alejen, pero nadie lo dice. En vez de eso, sólo ven lo negativo y siembran duda” - ¿Vienes? – Le dijo. Invitarla le daría pie a la verdad -
Se formó un silencio, Susan pensó en su manada, miraba hacia atrás, el verde, la silueta del lago y su familia; hacía delante estaba la planicie, se veía una arboleada no tan lejos y la espalda de Sam alejándose.

Tras él y en dudoso silencio caminó.

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