martes, 11 de septiembre de 2018

In humano


No entiendo nada.

Hace meses nuestra rutina mañanera se quebró abruptamente al hallar un pequeño y peludo cuerpo sin vida en frente de una casa. Sólo podíamos imaginar lo que posiblemente había sucedido.

Era de noche, tal vez venías ebrio y enojado, tropezando varias veces entre el paradero de la micro y tu casa, solo para darte cuenta que esa ya no era el hogar al que solías regresar. La rabia y vergüenza se mezclaban en tu estomago para subir a tu cabeza y que el sudor bajase.

Quizás ni si quiera era de noche y simplemente venías del trabajo, habría sido un mal día. Tus esfuerzos menos preciados como siempre ya te pasaban la cuenta, querías renunciar, pero no podías porque ¿Cómo le dirías a tu señora que renunciaste porque ya no aguantabas más? Te tacharían de débil, que es tu responsabilidad aguantar y traer dinero a casa, como dicen aún los matrimonios más antiguos.

Tal vez, simplemente eres un estudiante del liceo que se sitúa aquí cerca. Con tus amigos tonteando y riendo te envalentonaste para ser el más popular o el más respetado, sus gritos y mofas te impulsaron.
También puede que fueras una chica con problemas, como en el segundo caso sugiere tu mente nublada por alguna rabia, tus manos controladas por el otro lado.

Quizás una vecina, que odiaban a la señora y quiso vengarse.

Simplemente alguien despreciable. Tal vez lo disfrutaste, quizás te asustaste.

Lo cierto es que por aquí viven muchos gatos, grandes y pequeños. Todos sabemos que algunos no son de nadie, pero todos ellos son alimentados por la misma anciana. ¿Te diste cuenta que la semana pasada alguien saco casi otra casa en cachureos y otros materiales? Esa anciana del antejardín siempre limpio quizás en qué condiciones vive.

Esa anciana tiene muchos animales y los cuida uno a uno como si fueran de su propia carne y sangre.

Es de maldito de hijo de puta matar a un gato a palos – y claro todos sabíamos de quien sería – y dejarle el pequeño cadáver en frente de su casa, eso solo empeora tu acto.

Imaginamos que en la noche estaba afuera, y que tu te acercabas a él haciéndole creer que le darías un poco de tibio cariño, tal vez hasta un poco de comida. Pero lo traicionaste en menos de un minuto y con el hiciste lo que te dio en gana. No contento con ello, llevaste su maltrecho cuerpo para tirarlo enfrente de la casa de la que seguramente si era su dueña.

Sin importar el dolor del animal, que no tenia culpa alguna de tus circunstancias o del estado mental que padecieras, fuiste más allá en dejarle al niño que esperaba que volviese esa noche en su casa.

No podíamos seguir de largo con ello, así que rápidamente con las manos y unos palos hicimos un agujero al pie del árbol, enfrente de su casa depositamos allí al pequeño tapándolo. Porque tal vez el que no llegase a casa mantendría con esperanzas a la señora, ya que si un gato no vuelve un día podría creer que es simplemente porque no quiere, y prepararía una lata de atún para su eventual regreso.

“Los gatos siempre sobreviven” pensaría. “debe andar por algún lado cazando o investigando” diría.

Con los días evocaría su atención en los que sí están con ella.

Todo eso queríamos pensar, pero en el fondo sabíamos que dolería, pero la impresión sería menor.


sábado, 8 de septiembre de 2018

Pérdida


Lo importante seguía intacto.

Hace años ella se sentaba frente a su tocador de madera recién tallado, con los detalles que ella deseaba. En las terminaciones del espejo se apreciaba a dos robustos lobos que se miraban entre sí. Lo había pedido así porque amaba el compañerismo de aquellas criaturas donde la manada lo era todo. Cepillaba su largo cabello para luego trenzarlo y hacer una rosa con él al costado de su cabeza. De un color crema combinado con una tonalidad miel pintaba sus parpados, los delineaba con un fino pincel, finalizaba sus ojos del color del cielo levantando sus pestañas con un poco de rímel. Los labios los pintaba color melón, se sonreía a ella misma en el espejo, dichosa, caprichosa y burlona. El mundo estaba a sus pies. Decoraba su cabeza con una diadema llena de jades verdes, sus muñecas con delicadas pulseras, su cuello con una fina cadena de oro y en sus manos su único anillo.

Él golpeaba la puerta de su habitación, con una sonrisa tomaba su mano y la besaba. Siempre tenía un presente para ella, a veces rosas, a veces calas, a veces joyas. Ambos salían para disfrutar el uno del otro, él tomaba su pequeña y delicada mano entre las suyas grandes y robustas para besarla. Sólo así podía ser, eran los únicos que quedaban.

Hoy, cansada se sienta frente a su tocador de madera, hace años tallado como ella quería. Fijaba la vista en ambos viejos y cansados lobos, inspiraba intentando llenar así su cuerpo de energía, nunca dejaría de serle fiel a la filosofía de vida licántropa. Cepillaba su cabello canoso ya no tan largo, lo dejaba libre. Pintaba sus parpados de un color plata y lo suavizaba con un color mármol, delineaba sus cansados ojos con cuidado. Pintaba sus labios de color rojo. Se sonrió en el espejo, llena de experiencia. Las vueltas que da la vida, se dijo, ahora ella estaba a los pies del mundo. No se arrepentía de nada. No le quedaban joyas con las cuales adornarse. Sólo su único anillo, pasara lo que pasara jamás lo desecharía.

Dio la vuelta, él estaba listo; cómo no iba a estarlo si ella misma se encargó de asearlo, vestirlo y perfumarlo. Tal vez pasaron los años pero él seguía teniendo siempre algo para ella. Ya no eran joyas o grandes ramilletes; a veces simples flores del jardín que pese a su discapacidad se esforzaba por cuidar para ella, a veces una rima llena de cariño, a veces un dulce que escondía. Ella empujaba la silla de ruedas y ambos salían a disfrutar de la mutua compañía.

No importaban los errores del pasado, no importaba el cómo habían llegado hasta ese punto. Se sentaron en el parque, él tomo su pequeña mano entre las suyas y la besó, pues lo importante seguía intacto.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

In oport uno


Día a día le saludaba, le llevaba un regalo con una sonrisa hasta su puerta. Quería hacerse notar, quería hacer una diferencia.

Nadie le respondía, pues no él mismo no era nada.

Un día no lo hizo, ni él mismo entiende el porque no quiso hacerlo y al siguiente día cuando llevó su regalo, le dijeron que los había decepcionado, traicionado su confianza, incluso que lo tenían en estima 

¿Cómo iba él siquiera a saberlo, si él no era nadie? 
¿Dónde están las palabras cuando el momento es el oportuno y el desprecio inoportuno?