sábado, 8 de septiembre de 2018

Pérdida


Lo importante seguía intacto.

Hace años ella se sentaba frente a su tocador de madera recién tallado, con los detalles que ella deseaba. En las terminaciones del espejo se apreciaba a dos robustos lobos que se miraban entre sí. Lo había pedido así porque amaba el compañerismo de aquellas criaturas donde la manada lo era todo. Cepillaba su largo cabello para luego trenzarlo y hacer una rosa con él al costado de su cabeza. De un color crema combinado con una tonalidad miel pintaba sus parpados, los delineaba con un fino pincel, finalizaba sus ojos del color del cielo levantando sus pestañas con un poco de rímel. Los labios los pintaba color melón, se sonreía a ella misma en el espejo, dichosa, caprichosa y burlona. El mundo estaba a sus pies. Decoraba su cabeza con una diadema llena de jades verdes, sus muñecas con delicadas pulseras, su cuello con una fina cadena de oro y en sus manos su único anillo.

Él golpeaba la puerta de su habitación, con una sonrisa tomaba su mano y la besaba. Siempre tenía un presente para ella, a veces rosas, a veces calas, a veces joyas. Ambos salían para disfrutar el uno del otro, él tomaba su pequeña y delicada mano entre las suyas grandes y robustas para besarla. Sólo así podía ser, eran los únicos que quedaban.

Hoy, cansada se sienta frente a su tocador de madera, hace años tallado como ella quería. Fijaba la vista en ambos viejos y cansados lobos, inspiraba intentando llenar así su cuerpo de energía, nunca dejaría de serle fiel a la filosofía de vida licántropa. Cepillaba su cabello canoso ya no tan largo, lo dejaba libre. Pintaba sus parpados de un color plata y lo suavizaba con un color mármol, delineaba sus cansados ojos con cuidado. Pintaba sus labios de color rojo. Se sonrió en el espejo, llena de experiencia. Las vueltas que da la vida, se dijo, ahora ella estaba a los pies del mundo. No se arrepentía de nada. No le quedaban joyas con las cuales adornarse. Sólo su único anillo, pasara lo que pasara jamás lo desecharía.

Dio la vuelta, él estaba listo; cómo no iba a estarlo si ella misma se encargó de asearlo, vestirlo y perfumarlo. Tal vez pasaron los años pero él seguía teniendo siempre algo para ella. Ya no eran joyas o grandes ramilletes; a veces simples flores del jardín que pese a su discapacidad se esforzaba por cuidar para ella, a veces una rima llena de cariño, a veces un dulce que escondía. Ella empujaba la silla de ruedas y ambos salían a disfrutar de la mutua compañía.

No importaban los errores del pasado, no importaba el cómo habían llegado hasta ese punto. Se sentaron en el parque, él tomo su pequeña mano entre las suyas y la besó, pues lo importante seguía intacto.

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