Lo importante seguía intacto.
Hace años ella se sentaba frente a su tocador de
madera recién tallado, con los detalles que ella deseaba. En las terminaciones
del espejo se apreciaba a dos robustos lobos que se miraban entre sí. Lo había
pedido así porque amaba el compañerismo de aquellas criaturas donde la manada
lo era todo. Cepillaba su largo cabello para luego trenzarlo y hacer una rosa
con él al costado de su cabeza. De un color crema combinado con una tonalidad
miel pintaba sus parpados, los delineaba con un fino pincel, finalizaba sus
ojos del color del cielo levantando sus pestañas con un poco de rímel. Los
labios los pintaba color melón, se sonreía a ella misma en el espejo, dichosa,
caprichosa y burlona. El mundo estaba a sus pies. Decoraba su cabeza con una
diadema llena de jades verdes, sus muñecas con delicadas pulseras, su cuello
con una fina cadena de oro y en sus manos su único anillo.
Él golpeaba la puerta de su habitación, con una
sonrisa tomaba su mano y la besaba. Siempre tenía un presente para ella, a
veces rosas, a veces calas, a veces joyas. Ambos salían para disfrutar el uno
del otro, él tomaba su pequeña y delicada mano entre las suyas grandes y
robustas para besarla. Sólo así podía ser, eran los únicos que quedaban.
Hoy, cansada se sienta frente a su tocador de
madera, hace años tallado como ella quería. Fijaba la vista en ambos viejos y
cansados lobos, inspiraba intentando llenar así su cuerpo de energía, nunca
dejaría de serle fiel a la filosofía de vida licántropa. Cepillaba su cabello
canoso ya no tan largo, lo dejaba libre. Pintaba sus parpados de un color plata
y lo suavizaba con un color mármol, delineaba sus cansados ojos con cuidado.
Pintaba sus labios de color rojo. Se sonrió en el espejo, llena de experiencia.
Las vueltas que da la vida, se dijo, ahora ella estaba a los pies del mundo. No
se arrepentía de nada. No le quedaban joyas con las cuales adornarse. Sólo su
único anillo, pasara lo que pasara jamás lo desecharía.
Dio la vuelta, él estaba listo; cómo no iba a
estarlo si ella misma se encargó de asearlo, vestirlo y perfumarlo. Tal vez
pasaron los años pero él seguía teniendo siempre algo para ella. Ya no eran
joyas o grandes ramilletes; a veces simples flores del jardín que pese a su
discapacidad se esforzaba por cuidar para ella, a veces una rima llena de
cariño, a veces un dulce que escondía. Ella empujaba la silla de ruedas y ambos
salían a disfrutar de la mutua compañía.
No importaban los errores del pasado, no
importaba el cómo habían llegado hasta ese punto. Se sentaron en el parque, él
tomo su pequeña mano entre las suyas y la besó, pues lo importante seguía
intacto.
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