miércoles, 29 de agosto de 2018

Estrellas

Un pensamiento recurrente de niñez era «que hermosas son las estrellas», las viste en noches limpias, reluciendo a través de las nubes que no sabías si eran naturales o debido al smog de tu ciudad, sin falta cada noche, recostándote en el patio de su casa, abriendo la ventana de tu cuarto.

En un momento dejaste de mirar hacia el cielo; ver una que otra luz brillante ya no llamaba tu atención como antes, comenzaste a bajar la mirada al piso, a preocuparte por otro tipo de cosas aparentemente más importantes.

Pero volviste a descubrirlas a su lado, con tu adolescencia y amor a flor de piel, corriendo por un campo llano lleno de pasto largo que te hacia picar los tobillos y piernas.

Majestuosas y brillantes, absolutamente diferentes a las que veías desde la ciudad, estas brillaban iluminando el campo y a la Luna majestuosa.

Viste en sus ojos también las estrellas, mientras te mostraba alegre que esas eran sus tierras y ese era su cielo.

Te volviste a enamorar de ellas, de su luminosidad, de lo majestuosa que se veían, de cómo se reflejaban en los ojos del que era el amor de tu vida.

Pero el amor es complicado y no es eterno como ellas en el manto negro.
Las odiaste, dolía recordar cómo se veían en sus ojos, como bajo ellas se juraron amor eterno siendo una mentira, como ellas podían seguir estoicas ahí arriba mientras tu llorabas pegada al piso.

Te rehusaste a mirarlas otra vez de la misma manera, ¿De que servían ellas ahí si para ti solamente era el amargo recuerdo de un amor perdido?

Cambiaste, caminaste, avanzaste, buscando el brillo otra vez, huyendo de los miedos, sin aceptar los pasos que habías dado.

Pero no todo dolor es eterno, casi sin darte cuenta volviste a mirarlas sin recordar aquello, mirándolas como eran, por si solas, bellas independientes de tu dolor.
Sujetaste otra mano a tu lado y bajo un manto de estrellas hiciste que subieran la mirada contigo para contar que bajo ese mismo manto te habían jurado amor y no había pasado, que lo habías superado, que habías amado.

Ya sin dolor, recordando con cariño, sujetando la nueva oportunidad frente tuyo de mirarlas sin el recuerdo amargo de la perdida, de hacer una nueva historia con otros ojos brillantes, con otros futuros inciertos.

Ellas brillaban otra vez en el manto negro, casi felices porque volvías a subir la vista, demostrándote que todo pasa, que todo fluye, que todo continua.

Volviste a disfrutar verlas brillar en los ojos de alguien más y entendiste que si esa persona se iba no dejarían de ser hermosas por ellas mismas, que no tenías porqué aferrarte al dolor  y los malos recuerdos, que podías darte más oportunidades si aquella no resultaba.
Te enamoraste, te encantaste, relacionaste su espalda llena de pecas, lunares y cicatrices a la constelación más bella que habías conocido, aquella que viste en el campo enamorándote de su luz, aquella que te habían hecho creer que el amor y la felicidad de verdad existían.

Ahora estas estrellas estaban contigo, con esa persona, a centímetros de tus dedos, recorriendo a tu gusto los puntos y contando estrellas en la piel ajena.

Reconciliándote, enamorándote.

Pero si se iban, estarías bien, sabías que irían a iluminar otro cielo con su luz y fulgor.

Las estrellas nacieron para ser libres, brillantes, explosivas y salvajes, no prisioneras de los recuerdos dolorosos que llevamos en el corazón.

viernes, 10 de agosto de 2018

Brussels Chocolateria



El día martes tenía ganas de probar algo nuevo. En realidad soy más de teterías, café, chesscake, pasteles y ese tipos de alimentos ricos en azúcar, pero ese día no, no quería mi té de hojas recién hervidas,o mí café con un lindo dibujo sobre la crema, quería algo nuevo.

En el camino habitual que hago entre mis lugares de trabajo lo leí "Brussels" al principio pensé que sólo vendían chocolates, tipo la fete, pero grande fue mi sorpresa cuando vi mesas montadas y garzones sirviendo a la mesa.

"Quiero ir"

Así fue como ese mismo día entré a un local ubicado en plena providencia, mesas de madera, sillas cómodas, con un estilo medio minimalista ya que gran parte de las paredes eran de vidrio. Detrás de un mesón central color cobre estaba la cocina a la vista de todos y un olor a almíbar inundaba la sala.


Lo primero que llamó mi atención al tomar asiento fue un pequeño florero con una notita "Si quieres probar uno de nuestros bombones saca una foto y pon el hatshtag #Brusselschocolates" 

"Qué hermoso!" y me dije, claro que lo iba a hacer.


La carta tenía también una nota, se trataba de un plato especial que si pedías ayudaba a los niños sin hogar, tal vez no muchos lo tomen en cuenta, pero yo creo que un local independiente que se sumes o realice estas campañas es súper valorable.

La carta tenía una y mil cosas que quise probar, todos dulces - De hecho la carta no tenía ningún elemento salado - finalmente me fui por un volcán de chocolate con un smothie amarillo, mi pareja pidió un B&N con un chocolate amargo.

Esperamos muy poco, la chica que nos atendió fue muy amable, se notaba que era joven y muy cuidadosa.




Mi primera impresión sobre los platillos fue que estos eran realmente pequeños! ¿La relación precio - tamaño era adecuada? 
Bueno, de todas formas y con un poco de resignación pensamos que estábamos ahí para probar y eso haríamos.
el volcán de chocolate se parte con facilidad, dejando el centro liquido caliente inundar tu plato el helado de vainilla que lo acompañar es perfecto para complementar los sabores! Además te dan un pequeño corazón de cerámica con chocolate liquido del mismo con el que se hacen las cuberturas de los helados <3

El smothie amarillo llevaba mango, maracuya, papaya y un toque de limón (creo esto último) Era muy rico, tenía ese toque adictivo que te hace querer beberlo siempre; pero sentía que me equivoque al hacer esa elección, pues lo habría disfrutado realmente más si hubiera hecho calor!

"Este chocolate amargo es todo lo que necesito para una tarde de lluvia" pensé. no se parecía a nada, no tengo en este minuto ningún referente para acompañarlo, no era adictivo, tampoco amargo ni muy dulce, estaba bien como para acompañar una lectura.

El B&N es este waflee con chocolate blanco y negro dulce y amargo, con una superficie crujiente y un centro suave.

Oye realmente nos costó poder terminar nuestros platos! eran muy contundente a pesar a mi primera impresión. Así que me arrepentí de haberlo pensado así. 

Fue un golpe de felicidad, tenía la serotonina al máximo, las enforfinas comenzaban a invadirme el cuerpo. 

Para finalizar pedí un expreso sin azúcar para poder cerrar el circulo.

Lo recomiendo todo el rato, tal vez no para ir todos los días, pero sí cada semana.





jueves, 9 de agosto de 2018

Guardián de sueños


Mi nombre no es algo importante, posiblemente ni siquiera lo tomes en cuenta, aunque lo tengo colgado en el pecho con una linda frase de “estoy aquí para atenderte” que en realidad a nadie ve.

Soy una asalariada más del sistema; trabajo 45 horas semanales, con dos días libres, colación y un horario apretado. Me queda poco tiempo para disfrutar; el dinero que gano es justo para comer y pagar mi pequeña habitación, quizás, comprarme un poco de ropa de vez en cuando. No me interesa realmente, solamente hago lo que tengo que hacer para sobrevivir, aunque no quiera.

Mis días son aburrido, odio despertar en la mañana, darme cuenta de que otra vez debo vestirme y fingir una sonrisa para la gente que va a visitar mi pequeña tienda de mall.
Pero mis noches son lo que me mantiene con vida.

Cada día llego a comer algo rápido, darme una ducha y acostarme a dormir, no hay tiempo que perder cuando se trata de cerrar los ojos y caer en el ensueño.

Desde que era una niña supe que mis sueños no eran como los del resto de las personas. Cuando mi mamá contaba uno de sus sueños en la mesa familiar y yo ya sabía que había ocurrido con detalle porque lo había visto yo misma, no solo con ella, con toda mi familia. Si habían soñado con algo, posiblemente yo ya lo sabía, lo había visto, igual que una película en el cine.

Dentro de mis sueños puedo hacer lo que quiera, ahí yo soy la dueña, la ama y señora.

Solo hace falta que me dirijas la palabra para que yo en la noche pueda buscarte en mi registro y mirar tus sueños.

Solo por esa noche, solo si estas soñando. Si fuiste amable y me saludaste al entrar a mi tienda te aseguro en la noche podré buscarte y recorrer tus ensueños a mi gusto.
Esas son mis noches.

He estado en sueños caóticos, llenos de lava hirviente y personas que mueren frente a mi sin poder hacer nada, monstruos hechos con brea negra maloliente que persiguen y devoran a las personas que no pueden correr velozmente; personas que se ahogan en un cubo de cristal sin poder romperlo por más que golpean sus paredes, abandono, desilusión, engaño, y sexo, mucho sexo; gente con otros sin rostro, otros que sus caras van cambiando dependiendo de la posición, entre mujeres, entre hombres, en grupo, solitarios, con fetiches, tiernos, sádicos y otros que terminan en abrazos tiernos.

Hay sueños que parecen sacados de un cuento de hadas, con nubes de algodón, arcoíris en el cielo, gente que de un salto logra alcanzar el cielo volando, otros que de entre sus manos hace crecer árboles y fantasías en colores vivos, sicodélicos, armoniosos, puros.

He visto gente en silla de rueda que corre maratones, ciegos que sueñan en colores, mudos cantando, sordos en un concierto de rock.

He visto el miedo, la desesperación, la paz, el amor, la pena, la ansiedad, la felicidad, la duda, los problemas. Complejos frente al espejo que atormentan hasta cuando descansan, he visto verdades y mentiras, he visto la vida nacer otra vez, recuerdos y futuros que jamás existieron.

He estado en sueños de bebes donde lo único que hay son ellos y su madre acunándolos, he visto sueños de niños que recuerdan el día que los despojaron de su inocencia entre golpes y penetraciones no consentidas, he visto sueños de adolecentes donde solo gritan con desesperación por ayuda.

He sido dragones que acechan castillos, princesas que deben ser rescatadas, manos amigas de gente que cae, compañera de viajes inter-espaciales, amante cariñosa y complaciente.

He aconsejado en sueños a mi madre, siendo aquella amiga de infancia que ya había olvidado, abrazándola hasta que despierta. He estado en sueños eternos, de gente que se durmió esa noche y jamás volvió a despertar, condenada a vivir un sueño una y otra vez; he estado justo en el momento en que se dan cuenta que es un sueño y ríen aliviados mientras se despiden para despertar tranquilos.
Siempre de espectadora, no puedo hacer más que mirar, recorrer cada mundo de ensueño a pequeños saltos, dejando atrás para siempre los terrible y quedándome un rato más en los armoniosos.

Pero no puedo soñar yo. Si no recorro los sueños ajenos solamente me quedó en una habitación vacía completamente blanca mirando la nada esperando que llegué la hora de despertar.

Lo he intentado, imaginar cosas, dejarme llevar por la mente, crear mis propias fantasías.

Pero es imposible, no poseo la capacidad de soñar, no estoy para eso, soy la espectadora de las vidas ajenas sin su permiso, condenada a vagar cada noche entre ellos, aunque no los conozca, aunque no me importe.

No es malo, me gusta así, puedo elegir donde quedarme, desechar los feos, incluso despertar de improviso si me da la gana. Puedo convertirme en los monstruos de algunos, la mano amiga de otros, incluso la amante de aquellos que me gustan.

Vivir para mí es habitar en los sueños y fantasías de otros, presenciando lo infinita que es la mente incluso cuando está en reposo.

Fuera de los sueños, los días pasaban monótonos, casi aburridos entre el trabajo y las obligaciones, no había algo que me motivara realmente a levantarme cada día más que la necesidad de comer y vestir algo.

Hasta que algo rompió la rutina.

Esperaba algún autobús o colectivo que me llevara hasta mi trabajo, usualmente ese pequeño tramo prefiero caminarlo que tomar un autobús o algo similar, son solo 30 minutos a pie, así aprovechaba de ejercitar, aunque sea en eso mi sedentario ser, pero ese día el sueño donde me había adentrado estaba demasiado interesante para dejarlo a medias; terminé levantándome mucho más tarde de lo usual, tuve que vestirme rápidamente y correr a tomar algo.

Justo a mi lado mientras esperaba se asomó a esperar con la misma urgencia que yo alguien que llamó poderosamente mi atención.

Cabello oscuro, de facciones suaves, más alto que yo, vestía con ropa simple, pero se veía muy armónico en su conjunto. Su rostro delataba lo mismo que me había pasado a mí, casi podía ver las marcas de almohada aún en su rostro; se me hizo muy tierno.

No paraba de mirar el reloj en su celular y a ver si se asomaba el autobús, yo estaba un poco resignada a llegar un poco más tarde de lo habitual, pero él se veía realmente afligido, casi sentía que si pudiera comenzaría a correr para tratar de llegar a donde sea que vaya.

¿Qué habrá estado soñando para dormirse así? Quizás qué pequeña aventura lo tenía atrapado sin dejarlo escapar. La curiosidad por saber sus sueños pronto fue tan fuerte en mi mente que comencé a pensar con que excusa lograría que me dirigiera la palabra.

Cuando el autobús por fin se asomó dando la vuelta en la esquina el chico se puso tan feliz que lo expresó con una hermosa sonrisa; definitivamente quería saber acerca de sus sueños.

Me subí con él, saludando al conductor, agregando otra posible visita nocturna a mis aventuras, avancé por todo el espacio, quedándome justo a un lado del chico, a esa hora estaba muy lleno debido a que todos iban a sus respectivos trabajos, era mi excusa perfecta para no moverme de ahí.

¿Cómo le hablo? ¿Le pregunto la hora? ¿Lo confundo con alguien conocido? ¿Le pido permiso? Mi corazón latía desenfrenado sin saber qué hacer, la vergüenza era mayor a mis ganas de simplemente hablarle por algún tema cualquiera. Debía buscar una excusa.

El autobús frenó con fuerza, mi cuerpo cayó por la fuerza de inercia sobre el suyo chocándolo, aquella era mi oportunidad.

-Disculpa- Dije tratando de no mirarlo fijamente

-No te preocupes- Mi cometido estaba cumplido.

No mucho más lejos se bajó, a mi aún me faltaban unas pocas cuadras para llegar. Lo seguí con la mirada aún después de que había abandonado el autobús; quizás qué parecía pegada a la ventana mirando a alguien que no conozco a lo lejos, pero no pude observarlo mucho más debido a que seguimos nuestro camino.

El día pasó demasiado lento para mi gusto, o quizás yo estaba sobre emocionada con que llegara luego mi preciada hora de dormir, en mi mente la imagen del chico guapo se repetía constantemente, sólo quería ver un poco de que es lo que ocurría en su mente, a ver si sus ensoñaciones lograban cautivarme como lo había hecho él en persona.

Me sentía un poco ridícula, no era capaz de hablar con personas de manera normal, pero si hurgar en su inconsciente sin su permiso. Sonaba un poco psicópata.

Pero era lo que me quedaba, si no lo hacía, mis sueños eran en blanco, deprimentes y agobiantes, son el constante agotamiento mental, como si no soñar fuera equivalente a no dormir para mi subconsciente.

La noche llegó y con eso mi hora de dormir, mi ritual habitual y a la cama rápidamente, no había tiempo que perder.

Mi habitación blanca de expandió, una serie de caminos se formaron frente a mis ojos, cada uno llevando a un mundo de ensueño diferente; infinitas posibilidades que se me entregaban en bandeja de plata.

Reconocí la imagen del chico que había visto en la tarde en uno de los caminos y de inmediato lo seguí, mirándolo desde lejos, evaluando el panorama de aquel sueño, todo podía estar sucediendo o nada en lo absoluto, es difícil saber los rumbos que tomará nuestra mente.

Pero solo estaba ahí, era un sueño cotidiano, como aquellos que tenemos rememorando los días que hemos vivido, sin preocupaciones, caminando sin rumbo dejándonos llevar por las sombras que nos dicen ser nuestros amigos, saltando de un pensamiento a otro, cambiando su rostro en un abrir y cerrar de ojos, siendo acechados por la duda, pero menguándola con el firme pensamiento que aquella era la realidad y no el mundo onírico.

Me convertí en una de esas sombras, me acerqué con confianza imitando a las demás, mimetizándome con el ambiente, siendo su amiga, como si nos conociéramos de años, siguiendo el ritmo de sus pensamientos.

Me encantaba lo colorido que eran sus pensamientos, lo hermoso que se veía todos desde sus ojos, como el mundo que compartíamos afuera aquí se veía brillante y vivo. No sabía su nombre, ni su edad, que cosas le gustaban, aficiones, miedos o si sería del tipo que en la vida real se fijaría en alguien tan común como yo, pero aquello no me importaba, en ese preciso momento lo único que había en mi mente era lo maravilloso que se veía y sentía su ensueño.

Cuando comenzó a desvanecerse no quería soltarlo, comenzaba a despertar de aquella fantasía, aquella quizás era nuestra primera y última vez y sentía que había sido demasiado poco para quedar conforme.

Desperté con aquel sentimiento raro de perdida, como si por un momento hubiera tenido todo y al segundo después lo hubiera perdido irremediablemente. Sentía hasta ganas de llorar.
Lo busqué.

Volví al paradero de autobús, hasta el límite de hora en el que podía llegar justo a mi trabajo. No estaba.

Caminé y recorrí aquel lugar donde se había bajado antes, mirando en las tiendas, calles, hasta atrás de los basureros por si lo volvía a ver otra vez.

Mi mirada cambio de estar fija en la nada a estar siempre pendiente, como un suricato que está siempre alerta de las hienas.

Pero a diferencia de ellas que huyen, yo quería correr hacia él.
No podía volver a ver sus ensueños si no hablaba con él, aquello jamás me había parecido injusto hasta ese momento, jamás se había cuestionado el porqué de aquella regla hasta que ese impedimento se presentó frente a mis ojos.

Comenzó a desesperarme.

Los sueños de otra gente no se veían igual de brillantes, ni tan interesantes, mucho menos emocionantes, ninguno lograba hacerme desear más y más, solamente había sido el de aquel joven desconocido, estaba decidida a lograr volver a verlo a como diera lugar.
Tal vez me obsesionaba un poco, solo un poco, tampoco era como que fuera lo único que pensara durante todo el día.

Quizás si un poco.

Volví a ir al paradero en el cual se había bajado la única vez que lo vi. Me dediqué a pasar por las tiendas cercanas por largos periodos, buscando en diferentes horas si es que trabajaba en alguna de ellas, estuve así por semanas sin resultados, en las noches había ocasiones en donde no quería pasear por sueño y sólo me quedaba viendo la pared blanca aburrida y pensativa, tratando de formar en aquel espacio que era mi propia mente algo parecido a lo que había visto junto a él. Pero por más que intentara se seguía manteniendo en blanco, era imposible que mi “poder” fuera utilizado, solamente podía comenzar a hacer mi voluntad cuando salía de ahí e ingresaba a uno de los sueños que ahí estaban de las personas que había visto en el día.

Un día estaba apoyada aburrida en el mesón de mi tienda, mirando la gente pasar por afuera de la tienda sin entrar, había limpiado pulcramente todo, ordenado todos los productos y arreglado la caja. No había nada que hacer básicamente, era un día muy muerto, o quizás mi cara de apatía espantaba a todos, no lo sé.

Cuando ya pensaba que echaría una siesta en la bodega sin que se dieran cuenta, entró.

Era como una alucinación en vida, el mismo chico que había visto aquella mañana en el paradero, el culpable de que mis sueños ya no fueran emocionantes si no estaba él en ellos, tan casualmente entró de la mano junto a una chica más baja que él que, si no supiera exactamente como lucen mis sueños hubiera podido confundirlo con alguno.

Me enderecé de inmediato, mi corazón se había vuelto loco dentro de mi pecho, mis manos comenzaron a sudar y sentía que no podría decir algo coherente.

No, tranquila, me dije a mi misma mientras tomaba agua discretamente y salía de atrás del mesón para recibirlos, no iba a perder aquella oportunidad.

-Hola bienvenidos, ¿Los puedo ayudar en algo? - Dije para ambos, pero mi mirada estaba fija en el chico que aún no sabía su nombre

-No, no te preocupes- Me contestó él amablemente, mi cometido estaba listo, ya nada podía importarme más que volver a dormir esa noche para poder viajar por sus sueños.

Lo veía caminar por la tienda tranquilo junto a la chica, a esta altura ella era como una estela de polvo a su lado para mí solamente; mi mente estaba ocupada en que las horas pasaran rápidamente y volver a ver sus sueños que lograron cautivarme hasta la obsesión misma.
Pero había un problema.

Esto era un placebo a mi adicción, era como un alcohólico tomando muchas tazas de café para bajar el nivel de ansiedad. Luego de esta noche volvería a mi limbo de buscarlo por cada rincón, de pasar las noches en la habitación blanca porque nada es suficiente para reemplazar lo que me dieron y arrebataron. Volvería a la miseria, no quería, no podía, no lo aguantaría, no imaginaba una vida sin él en mis sueños.

Salió de mi tienda sin comprar nada, tomé mis cosas y sin que se diera cuenta cerré el local y salí tras ellos.

Era como una sombra a sus espaldas, los vi pasear, charlar, reír, lo típico que uno se supone debería hacer cuando sale con alguien, era difícil para mí saber de eso, usualmente no salgo con nadie.
No me importaba que me despidieran, lo seguía como si esa fuera la única fuente de agua en el desierto. Así todo el día, hasta que volvieron a casa. Se separaron en el paradero, ella tomó una micro diferente, él tomó la misma que había tomado ese día, lo seguí hasta su casa.

Un poco más allá de la mía, mi chico de los sueños estaba a tan pocas cuadras de donde yo vivía que me parecía un chiste cruel e irónico. Igual que un sicópata memoricé la dirección, como lucía su casa, que cosas había alrededor y por lo que me dejaba ver las ventanas con quien más compartía.

Cuando apagó las luces regresé sobre mis pasos y esperé. Volví a mi casa agitada, excitada, totalmente ida de mis pensamientos, era una emoción tan grande que creía que explotaría de mi pecho en cualquier momento. Ni siquiera me duché antes de acostarme tal cual, en la cama, no había tiempo que perder.

Soñé con él, apenas cerré los ojos corrí a sus sueños. Ahí estaba nuevamente el mundo lleno de color que me había llenado antes, el caminaba entre personas, monstruos, sombras, un sinfín de cosas que realmente no tomé en cuenta por que estaba concentrada en verlo a él, en sentir nuevamente su mirada sobre mí, todo tiempo es poco cuando estas realmente en el lugar que quieres estar.

Me aferré a su cuerpo y sus pensamientos como un parasito que no lo dejaría escapar, incapaz de racionalizar otra cosa más que mi deseo egoísta de no volver a perderlo, de jamás poder estar nuevamente de esa forma a su lado. Él no sabía quién era yo, simplemente me seguía los pasos y lo que yo hacía porque ahí, yo era la con el poder de hacerlo. Jugué con su mente durante toda mi estadía repetí mi nombre con la esperanza de que en la mañana cuando despertara algo de mi rostro quedara en sus recuerdos.

Y me buscara.

Y me encontrara ahí afuera.

Y pudiéramos vivir los sueños a carne viva, sintiendo en cada poro de mi cuerpo que yo pertenecía a su lado, aunque él aún no lo supiera.

Cuando comenzó a desvanecerse de mis brazos desperté de golpe, así mismo como estaba vestida salí de la cama, tomé por costumbre mi mochila y volví a salir hacia su casa; necesitaba saber más acerca de él.

Esperé fuera de su casa hasta que salió hacia algún lugar, muy de cerca pero siempre escondida entre las sombras, sin que se fijara en mi presencia, sin que pudiera saber que un par de ojos curiosos seguía sus pasos cuidándolo. Todo el camino desde la puerta de su casa hasta la puerta de lo que posiblemente era su trabajo, una pequeña cafetería donde ya había pasado antes cuando lo buscaba desesperada, pero que no fui capaz de observar bien.

Luego de un rato esperando, entré para buscarlo con la mirada. Con un mandil de mesero mi chico corría entre las mesas para atender a la gente que ahí desayunaba a esa hora. Me senté, me atendió, me sonrió y saludo amablemente, no fui capaz de decirle que estaba obsesionada con esa sonrisa porque la veía en sueños.

Y así fue durante días, semanas, meses, quizás ya son años, el tiempo dejó de importarme la verdad, siempre antes de ir a trabajar pasando a que me atendiera, me sonriera y me preguntara si iba a pedir “lo de siempre”. Una rutina de la desesperación, una rutina donde era capaz de mantener aquella careta de normalidad frente al hecho de que era la única forma en que me atrevía a estar cerca de él en los días, para disfrutar sus noches.

Una salida desesperada a una obsesión insana, lo sé, sé que estoy loca, pero mientras aún tenga la cordura para saberlo lo podré manejar.