Un pensamiento recurrente
de niñez era «que hermosas son las estrellas», las viste en
noches limpias, reluciendo a través de las nubes que no sabías si eran
naturales o debido al smog de tu ciudad, sin falta cada noche, recostándote en el
patio de su casa, abriendo la ventana de tu cuarto.
En un momento dejaste de mirar hacia el cielo;
ver una que otra luz brillante ya no llamaba tu atención como antes, comenzaste
a bajar la mirada al piso, a preocuparte por otro tipo de cosas aparentemente
más importantes.
Pero volviste a descubrirlas a su lado, con tu
adolescencia y amor a flor de piel, corriendo por un campo llano lleno de pasto
largo que te hacia picar los tobillos y piernas.
Majestuosas y brillantes, absolutamente
diferentes a las que veías desde la ciudad, estas brillaban iluminando el campo
y a la Luna majestuosa.
Viste en sus ojos también las estrellas, mientras
te mostraba alegre que esas eran sus tierras y ese era su cielo.
Te volviste a enamorar de ellas, de su
luminosidad, de lo majestuosa que se veían, de cómo se reflejaban en los ojos
del que era el amor de tu vida.
Pero el amor es complicado y no es eterno como
ellas en el manto negro.
Las odiaste, dolía recordar cómo se veían en sus
ojos, como bajo ellas se juraron amor eterno siendo una mentira, como ellas
podían seguir estoicas ahí arriba mientras tu llorabas pegada al piso.
Te rehusaste a mirarlas otra vez de la misma
manera, ¿De que servían ellas ahí si para ti solamente era el amargo recuerdo
de un amor perdido?
Cambiaste, caminaste, avanzaste, buscando el
brillo otra vez, huyendo de los miedos, sin aceptar los pasos que habías dado.
Pero no todo dolor es eterno, casi sin darte
cuenta volviste a mirarlas sin recordar aquello, mirándolas como eran, por si
solas, bellas independientes de tu dolor.
Sujetaste otra mano a tu lado y bajo un manto de
estrellas hiciste que subieran la mirada contigo para contar que bajo ese mismo
manto te habían jurado amor y no había pasado, que lo habías superado, que
habías amado.
Ya sin dolor, recordando con cariño, sujetando la
nueva oportunidad frente tuyo de mirarlas sin el recuerdo amargo de la perdida,
de hacer una nueva historia con otros ojos brillantes, con otros futuros
inciertos.
Ellas brillaban otra vez en el manto negro, casi
felices porque volvías a subir la vista, demostrándote que todo pasa, que todo
fluye, que todo continua.
Volviste a disfrutar
verlas brillar en los ojos de alguien más y entendiste que si esa persona se
iba no dejarían de ser hermosas por ellas mismas, que no tenías porqué
aferrarte al dolor y los malos
recuerdos, que podías darte más oportunidades si aquella no resultaba.
Te enamoraste, te
encantaste, relacionaste su espalda llena de pecas, lunares y cicatrices a la
constelación más bella que habías conocido, aquella que viste en el campo enamorándote
de su luz, aquella que te habían hecho creer que el amor y la felicidad de
verdad existían.
Ahora estas estrellas estaban
contigo, con esa persona, a centímetros de tus dedos, recorriendo a tu gusto los
puntos y contando estrellas en la piel ajena.
Reconciliándote, enamorándote.
Pero si se iban, estarías
bien, sabías que irían a iluminar otro cielo con su luz y fulgor.
Las estrellas nacieron
para ser libres, brillantes, explosivas y salvajes, no prisioneras de los
recuerdos dolorosos que llevamos en el corazón.
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