miércoles, 11 de julio de 2018

Karma

La pequeña y fina oveja peinaba su esponjado cabello de manera pulcra frente a su inmenso espejo que estaba en el centro de su habitación. Ese día iría con aquel vestido precioso que le había hecho su modista a la fiesta de Clotilde; su amiga de toda la vida quien era una hermosa pava real, de un plumaje envidiable.

Su rutina había comenzado muy temprano, primero su cita habitual con el gimnasio, luego un merecido relajo en el spa, pulido de uñas, exfoliación de piel, lavado y masaje de cabello, masaje corporal y un desayuno lleno de frutas, pan integral y té, debía cuidar muy bien toda su imagen, no se imaginaba una vida sin seguir esa rutina.

Se colocó el vestido rosa que valió cada peso en su modista, hoy debía lucir despampanante para sus amigas.
Colocándose un sombrero amplio con flores, lentes oscuros y su cartera salió a comprar el regalo de Clotilde, montada en su espectacular auto del año color rojo, manejaba con maestría sin tomarle importancia a nadie que estuviera en su camino.

Miraba con desdén a los monos desaliñados que se le acercaban para ofrecerle limpiar su parabrisas

- ¿Acaso no ves que está impecable? - decía con desdén mientras aceleraba dejando aquella chusma atrás.
Odiaba aquellos monos desarreglados que pretendían dirigirle la palabra sin reconocer cuál era su lado en la sociedad.

Se estacionó en un centro comercial que adoraba visitar, ya que por lo general aquellos animales de clase inferior no alcanzaban a llegar a esos lares tan alejados.

Odiaba las hienas malolientes que se reían de todo, burlescas y grotescas; los monos desaliñados con la ropa siempre sucia y aquel lenguaje vulgar; las ratas que correteaban entre la gente robando lo que encontraran a su camino, llenos de enfermedades. Asqueroso. Esas alpacas y llamas que se creían dignas de hablarle por ser “de la misma familia” un horror y obviamente no podía dejar fuera de aquellos a los cerdos malolientes.

Últimamente se estaba llenando las calles de asquerosas iguanas y cocodrilos provenientes de quien sabe de pueblucho lejano, creyendo que su país era un lugar de beneficencia para darles comida y techo a muertos de hambre como ellos, ¿por qué no se iban a morir en sus tierras? Que tenían que andar contaminando sus lares con su pobreza y asquerosidad.

Ella fue la primera en aplaudir con orgullo cuando escuchó en las noticias que iban a cerrarles el paso a todos esos animales inmundos, es de la firme creencia que entre más alejados estén unos de otros menos se le iban a pegar aquellas enfermedades que juraba podían tener.

Si allá en su pueblo apenas y tenían para comer, ¿Quién dice que tendrán para medicamentos o bañarse de forma decente? Deben estar llenos de lepra, neumonía, sífilis y quizás que otra asquerosidad.

No, no, no, ella era demasiado fina e importante como para siquiera pensar en relacionarse con aquellas pestes.
Entró al fino mall a recorrer las costosas tiendas departamentales a su paso, acostumbrada al buen trato de sus vendedoras; ella sabía que aquellas venían de la parte más fea de la ciudad, pero al menos ahí se les exigía vestir decentemente y atender como correspondía, sino también era la primera en poner reclamos y exigir el despido de estas. Si no les alcanzaba para ser una simple vendedora tendrían que conformarse a limpiar calles o algo más acorde a su nivel.

Compró una hermosa cartera de mano para Clotilde, de seguro combinaría estupendamente con su plumaje por la tonalidad dorada con verde y azul marino.

 Exitosa, caminó hasta su café favorito sentándose sin mirar a nadie a esperar ser atendida.

Grande fue su sorpresa cuando levantó la vista y vio una asquerosa iguana pidiéndole su orden, sintió asco.

-Hola buenas tardes, ¿Qué desea ordenar? - Sonreía amable pero sus dientes amarillentos que contrastaban con su piel oscura y escamosa le hacían sentir repulsión

- Disculpa, creo que ha habido un error- Dijo tratando de no ser descortés – Normalmente me atiende un joven Siberiano, él sabe exactamente cuál es mi pedido habitual –

-Oh ya veo, usted habla de Claudio, él no se encuentra en turno el día de hoy y lo estoy reemplazando, con gusto la atenderé-

-Es que él sabe exactamente lo que debe hacer con mi café, por eso vengo a este lugar-

-Lamento que no se encuentre, pero con gusto haré su pedido-

Poco convencida estaba, no quería que aquellas sucias escamas tocaran siquiera las tazas en la que iba a beber.

-Muy bien, quiero un Latte vanicanela, pero la leche debe estar tibia no caliente, obviamente sin lactosa ni un exceso de espuma, además quiero un rollo de canela, pero quiero uno fresco, con glaseado de limón- Dijo sin mirarlo, revisando su celular en todo momento, ya le había puesto demasiada atención para un día.

-Muy bien, ¿Desea la señorita algo más? - Dijo amablemente la iguana.

-Ya te dije que eso nada más y por favor que sea rápido, tengo cosas que hacer- Petulante y venenosa, fácilmente podía compararse con aquellas serpientes que veía en la televisión en los matinales y canales de farándula.
La iguana se fue en silencio, contando mentalmente hasta mil antes de responderle como se merecía a aquella oveja mal educada.

Odiaba aquella ocurrencia que tenían ciertas especies de creer que eran capaces de hacer ciertas tareas a las cuales claramente no estaban capacitadas mentalmente. En su mundo, las iguanas limpiaban las calles, baños o eran basureros, no eran garzones en cafés menos en esta parte de la ciudad; quizás si en esas poblaciones llenas de delincuentes, o cafés con piernas exóticos.

Pero como ella no era una ovejita discriminadora, recibió el café cuando se lo trajeron con cara despectiva y malhumorada.

-Está muy caliente- Dijo apenas llegó la taza a su mesa –Sabía que no estaría bien, pero déjalo así, no puedo pedirle más a un iguana-

La Iguana se mordió la lengua para no responderle, estaba acostumbrado a aquellos clientes desagradables, no se haría mala sangre por una más.

La ovejita bebió de mala gana el café, comió su postre de la misma manera y dejó ahí el dinero tirado en la mesa mientras de levantaba y se iba rápidamente, no quería estar ni un minuto más de ese lugar.

Tomó su auto y acelerando a fondo se dirigió a la casa de su amiga, solamente quería llegar, beber un Martini y olvidarse de aquellas molestas pestes por ese día.

Pero obviamente no hay mal que no se pague y debido a que se creía la dueña del mundo, pasó la señalética de alto que estaba grande en toda una esquina.

El camión solamente sintió el choque a su costado, sintiendo que le daban un leve empujón, el otro auto se estremeció como si aquello fuera un terremoto catastrófico. Quedó inconsciente, tiñendo de rojo su blanco pelaje, el vestido desgarrado y las pezuñas recién echa se arruinaron de inmediato.

Los alaridos de horror que le siguieron fueron proporcionales a la cantidad de celulares que salieron a fotografiar su decadencia. Sentía la sangre gotear por su cara, la mirada perdida en recorrer los focos sin poder arreglarse para las cámaras.

De su garganta solo salían pequeños suspiros que llamaban por ayuda, sentía olor a azufre, combustible y algo que se quemaba. Iba a morir ahí.

De entre todos los focos unas manos peludas y sucias que rebosaban olor a basura la tomaron y arrancaron del auto que comenzaba a quemarse lentamente.

Más manos le siguieron a esta, sentía que era levantada por un mar de manos ásperas que la exponían aún más ante la mirada morbosa de los transeúntes como ella que simplemente hacían videos en directo, subían a Facebook los estados, creaban historias en Instagram.

Nadie había aún llamado a la ambulancia, preocupados de no perderse ningún minuto de aquella premisa que ocurría justo frente a sus ojos.

Fue dejada lejos de ahí en la vereda, con el sol implacable pegándole en la cara mientras muchas sombras sin nombre trataban de mantenerla despierta.

Una de esas sombras llamó a la ambulancia, otro tomaba el extintor de su camión para aplacar el fuego antes de que empezara a consumir todo.

Se fue a negro entre los gritos y los brazos de aquel que la sujetaba con fuerza para que no se fuera.
Cuando despertó se encontraba en la pulcra y blanca sala de la clínica más cara de la ciudad, sentía el cuerpo adolorido y grandes vendajes y tubos adornaban su cuerpo magullado.

En la televisión una noticia se repetía constantemente.

“Grupo de héroes salva a muchacha de morir entre las llamas”

Y su hermoso auto rojo chocado contra un gran camión de basura, ella medio inconsciente en el centro, la gente a su alrededor curiosa, sin hacer nada, mientras los monos pulgosos, iguanas sucias, alpacas negras corrían a ayudarla y sacarla de aquel auto que iba a ser su ataúd.


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