La pequeña y fina
oveja peinaba su esponjado cabello de manera pulcra frente a su inmenso espejo
que estaba en el centro de su habitación. Ese día iría con aquel vestido
precioso que le había hecho su modista a la fiesta de Clotilde; su amiga de
toda la vida quien era una hermosa pava real, de un plumaje envidiable.
Su rutina había
comenzado muy temprano, primero su cita habitual con el gimnasio, luego un
merecido relajo en el spa, pulido de uñas, exfoliación de piel, lavado y masaje
de cabello, masaje corporal y un desayuno lleno de frutas, pan integral y té,
debía cuidar muy bien toda su imagen, no se imaginaba una vida sin seguir esa
rutina.
Se colocó el
vestido rosa que valió cada peso en su modista, hoy debía lucir despampanante
para sus amigas.
Colocándose un
sombrero amplio con flores, lentes oscuros y su cartera salió a comprar el
regalo de Clotilde, montada en su espectacular auto del año color rojo,
manejaba con maestría sin tomarle importancia a nadie que estuviera en su
camino.
Miraba con desdén a
los monos desaliñados que se le acercaban para ofrecerle limpiar su parabrisas
- ¿Acaso no ves que
está impecable? - decía con desdén mientras aceleraba dejando aquella chusma
atrás.
Odiaba aquellos
monos desarreglados que pretendían dirigirle la palabra sin reconocer cuál era
su lado en la sociedad.
Se estacionó en un
centro comercial que adoraba visitar, ya que por lo general aquellos animales
de clase inferior no alcanzaban a llegar a esos lares tan alejados.
Odiaba las hienas
malolientes que se reían de todo, burlescas y grotescas; los monos desaliñados
con la ropa siempre sucia y aquel lenguaje vulgar; las ratas que correteaban
entre la gente robando lo que encontraran a su camino, llenos de enfermedades.
Asqueroso. Esas alpacas y llamas que se creían dignas de hablarle por ser “de
la misma familia” un horror y obviamente no podía dejar fuera de aquellos a los
cerdos malolientes.
Últimamente se
estaba llenando las calles de asquerosas iguanas y cocodrilos provenientes de
quien sabe de pueblucho lejano, creyendo que su país era un lugar de
beneficencia para darles comida y techo a muertos de hambre como ellos, ¿por
qué no se iban a morir en sus tierras? Que tenían que andar contaminando sus
lares con su pobreza y asquerosidad.
Ella fue la primera
en aplaudir con orgullo cuando escuchó en las noticias que iban a cerrarles el
paso a todos esos animales inmundos, es de la firme creencia que entre más
alejados estén unos de otros menos se le iban a pegar aquellas enfermedades que
juraba podían tener.
Si allá en su
pueblo apenas y tenían para comer, ¿Quién dice que tendrán para medicamentos o
bañarse de forma decente? Deben estar llenos de lepra, neumonía, sífilis y
quizás que otra asquerosidad.
No, no, no, ella
era demasiado fina e importante como para siquiera pensar en relacionarse con
aquellas pestes.
Entró al fino mall
a recorrer las costosas tiendas departamentales a su paso, acostumbrada al buen
trato de sus vendedoras; ella sabía que aquellas venían de la parte más fea de
la ciudad, pero al menos ahí se les exigía vestir decentemente y atender como
correspondía, sino también era la primera en poner reclamos y exigir el despido
de estas. Si no les alcanzaba para ser una simple vendedora tendrían que
conformarse a limpiar calles o algo más acorde a su nivel.
Compró una hermosa
cartera de mano para Clotilde, de seguro combinaría estupendamente con su
plumaje por la tonalidad dorada con verde y azul marino.
Exitosa,
caminó hasta su café favorito sentándose sin mirar a nadie a esperar ser atendida.
Grande fue su
sorpresa cuando levantó la vista y vio una asquerosa iguana pidiéndole su
orden, sintió asco.
-Hola buenas
tardes, ¿Qué desea ordenar? - Sonreía amable pero sus dientes amarillentos que
contrastaban con su piel oscura y escamosa le hacían sentir repulsión
- Disculpa, creo
que ha habido un error- Dijo tratando de no ser descortés – Normalmente me atiende
un joven Siberiano, él sabe exactamente cuál es mi pedido habitual –
-Oh ya veo, usted
habla de Claudio, él no se encuentra en turno el día de hoy y lo estoy
reemplazando, con gusto la atenderé-
-Es que él sabe
exactamente lo que debe hacer con mi café, por eso vengo a este lugar-
-Lamento que no se
encuentre, pero con gusto haré su pedido-
Poco convencida
estaba, no quería que aquellas sucias escamas tocaran siquiera las tazas en la
que iba a beber.
-Muy bien, quiero
un Latte vanicanela, pero la leche debe estar tibia no caliente, obviamente sin
lactosa ni un exceso de espuma, además quiero un rollo de canela, pero quiero
uno fresco, con glaseado de limón- Dijo sin mirarlo, revisando su celular en
todo momento, ya le había puesto demasiada atención para un día.
-Muy bien, ¿Desea
la señorita algo más? - Dijo amablemente la iguana.
-Ya te dije que eso
nada más y por favor que sea rápido, tengo cosas que hacer- Petulante y
venenosa, fácilmente podía compararse con aquellas serpientes que veía en la
televisión en los matinales y canales de farándula.
La iguana se fue en
silencio, contando mentalmente hasta mil antes de responderle como se merecía a
aquella oveja mal educada.
Odiaba aquella
ocurrencia que tenían ciertas especies de creer que eran capaces de hacer
ciertas tareas a las cuales claramente no estaban capacitadas mentalmente. En
su mundo, las iguanas limpiaban las calles, baños o eran basureros, no eran
garzones en cafés menos en esta parte de la ciudad; quizás si en esas
poblaciones llenas de delincuentes, o cafés con piernas exóticos.
Pero como ella no
era una ovejita discriminadora, recibió el café cuando se lo trajeron con cara
despectiva y malhumorada.
-Está muy caliente-
Dijo apenas llegó la taza a su mesa –Sabía que no estaría bien, pero déjalo
así, no puedo pedirle más a un iguana-
La Iguana se mordió
la lengua para no responderle, estaba acostumbrado a aquellos clientes
desagradables, no se haría mala sangre por una más.
La ovejita bebió de
mala gana el café, comió su postre de la misma manera y dejó ahí el dinero
tirado en la mesa mientras de levantaba y se iba rápidamente, no quería estar
ni un minuto más de ese lugar.
Tomó su auto y
acelerando a fondo se dirigió a la casa de su amiga, solamente quería llegar,
beber un Martini y olvidarse de aquellas molestas pestes por ese día.
Pero obviamente no
hay mal que no se pague y debido a que se creía la dueña del mundo, pasó la
señalética de alto que estaba grande en toda una esquina.
El camión solamente
sintió el choque a su costado, sintiendo que le daban un leve empujón, el otro
auto se estremeció como si aquello fuera un terremoto catastrófico. Quedó
inconsciente, tiñendo de rojo su blanco pelaje, el vestido desgarrado y las
pezuñas recién echa se arruinaron de inmediato.
Los alaridos de
horror que le siguieron fueron proporcionales a la cantidad de celulares que
salieron a fotografiar su decadencia. Sentía la sangre gotear por su cara, la
mirada perdida en recorrer los focos sin poder arreglarse para las cámaras.
De su garganta solo
salían pequeños suspiros que llamaban por ayuda, sentía olor a azufre,
combustible y algo que se quemaba. Iba a morir ahí.
De entre todos los
focos unas manos peludas y sucias que rebosaban olor a basura la tomaron y
arrancaron del auto que comenzaba a quemarse lentamente.
Más manos le
siguieron a esta, sentía que era levantada por un mar de manos ásperas que la
exponían aún más ante la mirada morbosa de los transeúntes como ella que
simplemente hacían videos en directo, subían a Facebook los estados, creaban
historias en Instagram.
Nadie había aún
llamado a la ambulancia, preocupados de no perderse ningún minuto de aquella
premisa que ocurría justo frente a sus ojos.
Fue dejada lejos de
ahí en la vereda, con el sol implacable pegándole en la cara mientras muchas
sombras sin nombre trataban de mantenerla despierta.
Una de esas sombras
llamó a la ambulancia, otro tomaba el extintor de su camión para aplacar el
fuego antes de que empezara a consumir todo.
Se fue a negro
entre los gritos y los brazos de aquel que la sujetaba con fuerza para que no
se fuera.
Cuando despertó se
encontraba en la pulcra y blanca sala de la clínica más cara de la ciudad,
sentía el cuerpo adolorido y grandes vendajes y tubos adornaban su cuerpo
magullado.
En la televisión
una noticia se repetía constantemente.
“Grupo de héroes
salva a muchacha de morir entre las llamas”
Y su hermoso auto
rojo chocado contra un gran camión de basura, ella medio inconsciente en el
centro, la gente a su alrededor curiosa, sin hacer nada, mientras los monos
pulgosos, iguanas sucias, alpacas negras corrían a ayudarla y sacarla de aquel
auto que iba a ser su ataúd.
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