Esas últimas noches sólo podía concebir pesadillas. Esta
vez veía como alguien se subía a mi cama, me tapaba la boca con una mano, poniendo
todo su peso sobre mí y con violencia desmesurada metía la otra por mi ombligo,
la piel no lo frenaba la desgarraba, el dolor me despertó. Me toqué el abdomen,
todo estaba en su lugar, me toqué allá abajo, había sangre.
Alarmada y sin hacer ruido alguno comencé a moverme.
Había despertado a tiempo, la sangre sólo había manchado la
sábana base. La cambiaría ahora y lavaría por la mañana, sólo sería un
accidente normal. Mi pieza tiene piso de madera, por lo que cruje cada vez que
daba un paso, siempre está medio húmeda así que siempre estoy resfriada, sabía
dónde pisar para hacer el menor ruido posible. Cuando me dispuse a sacarla noté
lo empapada que yo misma estaba, la adrenalina por la pesadilla estaba bajando;
me zumbaban los oídos, el estomago me dolía horrores, todo comenzaba a dar
vueltas y mis piernas se mojaban tibiamente mientras temblaba << Yo no
debería sangrar>>, fui al baño en silencio lo más rápido que pude con el
dolor a cuestas.
Yo no lo quería, no me gustaba. Pero estaba tan sola.
Además, nadie le decía a alguien como yo que era “linda” o “divertida”. En casa
no era diferente. Vivo en un popular block en una comuna periférica, somos más
gritos que conversación, más golpes que cariño y más humillación que
aceptación; esto era absolutamente normal para mis padres que habían crecido,
quién sabe, tal vez peor que yo.
Un día le dije a mi papá que no lo soportaba, el no desvió
la vista del televisor y dijo “ándate entonces. El vecino de arriba vende
drogas y el de abajo armas hechizas, deberías agradecer como es aquí”, gruñía y
golpeaba con el puño cerrado la mesa, el sofá, la pared, a mi madre, a mí o lo
que estuviese en su camino. Sólo podía pensar en <<Es decir que ¿Tengo
que agradecer los malos tratos porque los hijos de los vecinos la tienen
peor?>> Lo más suave que podían decirme era “deja de comer, “no te da
vergüenza estar así”, “sácate el pelo de la cara”, “hoy no irás al colegio
porque tiene que cuidar a tu hermano” Mi gordura y mi falta de posibilidades de
salir de este lugar son tema para mí.
¿Ser gorda es tema para mí? Sí. No sabes cuánto.
Entonces, conocí a alguien que me defendió ante las burlas
de otros, no era un príncipe azul ni mucho menos, pero me defendía. Decía que
era bonita. Se me hizo costumbre estar con él, con sus amigos, y él acostumbró
a estar con los míos. Cuando no quería llegar a casa, estaba en la de él.
En él encontré un amigo, un confidente, la primera persona
que para mí valió como apoyo, una forma de bordear mi vida. De saltar el hecho
de que me dolían las piernas porque mi mamá me pegaba ahí dónde no se veía, de
bordear el hecho que podía pasar días sin comer intentando disminuir una talla;
claramente sin resultados, de esquivar la vergüenza que me daba comer ante
otros y de ignorar el hecho de que no sabía cuál era mi lugar.
Cuando digo lugar, no me refiero a mi posición dictada por
el nivel socioeconómico, sino por el lugar que en mi conciencia debería tener,
cómo amiga, como hija, como estudiante, como ser humano.
¿Cómo pasaría los
días?
Esta pregunta me había llevado a conocer gente que tenía un
lindo proyecto, así que me sumé. Personas que me simpatizaban, pero en las que
no confié lo suficiente y por eso estoy aquí.
Era uno de esos días dónde no quería volver a la casa.
Sabía que sería un desastre porque un tío se estaba quedando ahí, uno que no
veía hace mucho tiempo y que en mi niñez gozaba de tocarme las piernas bajo las
largas faldas floreadas que me ponía mi madre. En ese tiempo no lo comprendía,
pero ahora sí y no quería verlo, ni ese día y los que se quedara en esa casa.
Fui a la casa de él, con unos amigos y pasamos la tarde
comiendo papas fritas, viendo televisión. Nos burlábamos de los programas
hechos para jóvenes de nuestra edad, pauteados seguramente por un adulto sin
hijo para comprender. Programas dónde se les pagaba a otros adolescentes para
que filtraran sus problemas con sus padres o sus amigos. A veces, pensar en que
los problemas de los otros fueran tan ridículos como esos me producían una
sensación de injusticia.
Se hizo tarde y todo se fueron menos yo. Quedamos solos, el
ambiente estaba extraño. Seguimos viendo televisión, pensaba que deberíamos ir
a comprar algo para tomar once, ya que sus padres no llegaban, pero el decía
que no era necesario. Mientras, acariciaba mi pelo, mi cuello, los hombros; me
decía que era bonita, que mi nariz era linda. Sentía que sabía a dónde iba
esto, pero no hice nada, sólo miraba las verdes cortinas que colgaban sobre
otras de encaje blanco.
Cuando me besó, no sabía si sentirme afortunada o no. Me
dio un poco de asco así que lo aleje con las manos. “¿Qué pasa? ¿No te gusto?”
Le dije que no de esa manera, que no quería algo así, que arruinaría la amistad
“No seas tonta, nadie te va a querer así. Sólo yo, porque sólo a mí me gustan
gorditas, además me lo debes” Quedé en silencio mientras me besaba, tenía
razón, supuse. Nadie me iba a querer así cómo era, nadie se fijaría en mí;
también había huido tanto tiempo en su casa que sentía que se lo debía.
“Te haré sentir muy bien”, “lo vas a disfrutar” Nada de eso
ocurrió. Sus manos llenas de grasa de papas fritas recorriendo mis pechos aún
me dan escalofríos. Su Gran cuerpo haciendo presión contra el mío, buscando la
manera de entrar, su nariz en mis calzones. Parecía una vieja película que iba
saltándose por lo maltratada que estaba.
No hice nada, porque no podía pensar en nada, ni siquiera
en mí como una persona que podía hablar.
¿A dónde iría?
Cuando eyaculó dentro de mí, recuperé la conciencia como
cuando se te acaba el aire bajo el agua, le dije si no había usado condón, o
algo y nada. Sólo sentía las voces de mis padres amenazándome con embarazarme
como las perras, que si lo hacía una vez todos mis compañeros me verían como un
objeto con el cuál acostarse; pero eso sucedió antes siquiera de encamarme con
alguien.
Había un programa que hacía seguimiento a los embarazos
adolescentes, cada vez que pasaban un comercial de aquello me llegaba una
amenaza, de mis padres o mis abuelos, desde cualquier rincón de la casa “no se
te vaya a ocurrir salir con un domingo siete”, “Te sabes la golpiza que te
daría si me sales con eso” “ahí agarras tus cosas y te vas”.
Los días siguiente siguieron normales, no me alejé de él ni
él de mí. No le dije a nadie, seguramente él sí, porque los rumores seguían
aumentando, pero tenía tanto miedo que no los podía oír.
La mirada lasciva de mi tío en casa tampoco me dejaba
tranquila, sentía que lo sabía. No tenía ningún lugar en el cual respirar.
Agradecía que le dieran la pieza de mi hermano chico y yo tuviera que dormir
con él, era como un pequeño escudo de ocho años.
No iba al baño ni me bañaba cuando él estaba en casa, tenía
miedo de que ocurriese otra vez.
Cuando ya habían pasado suficientes días para tapar lo
ocurrido con otras preocupaciones en mi mente, mi periodo no vino y el miedo
inició otra vez, pero era un tipo diferente de miedo. Ahora no temía por un
tiempo dónde la pasaría mal y luego seguiría; ahora temía por todo mi futuro.
¿Qué iba a hacer?
La resignación fue lo único que encontré.
Me encontré a mi misma viendo ese programa de seguimiento,
haciéndome ideas de como sobrellevar esta situación, sin estudios, sin dinero,
sin techo.
Lo perdí.
Recuerdo que le dije a los chicos del proyecto que estaba
embarazada, allí había dos parejas ya consolidadas de los años que tenían
juntos, ellos me felicitaron y me preguntaron por el “papá”, no les pude decir
la verdad. Les dije que era mi pareja, y que apoyaba en todo, aunque tuviéramos
apenas quince años y él dieciséis. Recuerdo cómo me miraban con ternura y
comenzaron a decir lo difícil pero hermoso que sería todo, me que ayudarían en
lo más posible. Que el olor de bebé era exquisito, que sería genial porque
nuestra diferencia en edad no sería mucha y podríamos ser hasta casi amigos, y
salir juntos de compras o a carretear por ahí, como ahora se da. Le veían el
lado positivo a todo.
Yo también me empapaba de eso. Esas horas que pasaba con
ellos sí quería tenerlo, pensaba que encontraría la manera de sobrellevarlo,
trabajar. Tal vez la pequeña criatura sería un escape para mí, el piso que
buscaba, las alas que me faltaban. Pero, y ¿Si tenía su cara? Y todo volvía
abajo. No quería que nada me recordara que sólo era un mueble más.
Lo perdí.
Esa misma noche en el baño de mi casa, no paraba de
sangrar, dolía mucho, como si me quemara algo por dentro y no tuviese forma de
apagarlo, me temblaba todo y tenía miedo. Miedo de lo que ocurriría ahora, de
lo que podría suceder si se supiera; esconderlo todo; limpiar todo era una
prioridad. Tal vez podría llorar después.
Metí mis manos como pude dentro de mi roja vagina y comencé
a sacar todo lo que podía, los restos de lo que alguna vez fue un proyecto de
vida, tomé algo muy delgado pero fuerte y detrás de él el desborde de la
habitación que tan tiernamente había preparado mi cuerpo; placenta tal vez ¿Qué
podía saber yo? Pero era firme y funcionaba como un tapón.
Estuve mucho tiempo ahí, sentada, esperando que no cayese nada
más. Temblaba y la fiebre había subido. Alrededor era todo un desastre. Comencé
a limpiar. El zumbido en los oídos seguía, me golpee varías veces con el
lavamanos. Papel higiénico, trapos, toallas, faldas mías, y mucho cloro para
disimular el olor, todo servía para limpiar. Dejé todo remojando con detergente
en un balde dentro de la ducha, así sacaba la sangre de los trapos y ayudaba
con el ambiente.
En muchas bolsas una dentro de otra botaba lo que alguna
vez estuvo dentro de mí. Aquella masa fuerte del principio tenía una bonita
bitácora que asemejaba un pequeño árbol. Guarde estas bolsas bajo mi cama.
Agradecí tanto que mi tío se hubiese ido y que mi hermano volviera a su pieza,
nadie sabría jamás lo que pasó, pensé. Esto es lo mejor, pensé.
Ya estaba amaneciendo, mi papá se levantaría pronto. Puse
sábanas limpias y me metí dentro de la cama, dónde entre escalofríos me dormí
abrazando mis piernas con el profundo deseo de que al despertar todo estuviese
bien.
Después de 36 horas desperté en un hospital. Las miradas de
severa desaprobación de todo quien pasara cerca lo decían todo. No había nadie
ahí, familia, amigos, nadie. Totalmente perdida les lloré rogando que no les
contaran a mis padres, pero ya sabía que no había llegado por arte de magia
hasta este lugar.
Volví a casa sola, más perdida y más temerosa que nunca, el
televisor encendido era lo único que escuchaba, solían dejarlo prendido para
que la gente que pasara pensara que había alguien. Bajo mi cama las bolsas ya
no estaban, sentí que me habían quitado algo muy preciado, pero no podría
describirlo. El miedo me invadió aún más.
No podía seguir así, no podía seguir ahí. Si mi cabeza no
explotaba mi corazón lo haría, así que metí algo de ropa a una mochila y huí.
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